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miércoles 24 de junio de 2009

De cómo G conoció a M

Gritos, sangre y ruido. Mucho ruido. Gritos ajenos, resonando en las paredes blancas llenas de dedos negros, en las esquinas sobre todo.
Sangre ajena, roja y abundante, y en las manos de G. Y una gota de sudor baja en tobogán por un escaso mechón de pelo rubio, choca contra un cristal para miopía y se hace mil pedazos. Y plas plas plas, las zapatillas de G esta vez, no son ajenas, corriendo de clase en clase. Y pum pum pum. Y el gatillo clic. Y las bofetadas plaf. Y G sigue: correr, abofetear, gatillear.
Y más gritos, más sangre, más ruido. Mucha sangre. Incluso sus propios gritos, su sangre, sus plas plas, le son ahora ajenos. Y plas, pum, clic.

Chic chic chic, M golpea el teclado buscando esa infame nota que se escurre entre sus dedos y piticlín una venta se abre, G dice quiero verte, M dice que sea pronto y un avión trae a G al día siguiente y G y M son felices, sobre todo M, y H crece y crece.

M quizá nunca sepa lo que hizo G antes de venir y tener a H, aunque lloró mucho boquiabierta viendo ese reportaje sobre un instituto americano. Y gritó. Y sangre y ruido. Pero aún sabiéndolo seguramente no hará nada y seguirá feliz. Y siempre tendrá una niñera a la que llamar.

viernes 19 de junio de 2009

No del todo

Hermosa la peste que tu cuerpo devora.
Hermosos los gansos, y las ocas vacían tu cráneo.
Mañana degustaremos el paté de tus ideas,
pero al menos no morirás del todo.

Oí a un loco contando tu historia.
Muchos locos contaban tu historia;
y tú eras uno de ellos.
Y muchos fueron encerrados y locos murieron;
y tú eras uno de ellos,
Pero al menos no morirás del todo.

Muchos locos contaban tu historia.

(Poesía panerista)

domingo 7 de junio de 2009

Amor impresionista

Nuestro amor comenzó en mi infancia.

Ella coronaba una carroza y yo la esperaba en un balcón. Era Día de Reyes (después rebautizado como Día del Maldito Cangrejo). Sin certeza alguna puedo asegurar que hacia mí dirigió sus ojos. En lo que duró esa mirada, de fugacidad eterna, juraría que me amaba.

En otra ocasión, incluso, ella estaba con cerveza y otro hombre, pero me buscó con la vista. Al fin, ella me miraba y yo la miraba. Entonces diría... no, juraría, que me amaba.

Enterrado junto a un vagón y otras cien personas solo vi a una. Lo demás, retragado por la tierra. Leía y tarareaba, pero la notaba en la piel y me puse rojo. Se fue sin dirigirme la palabra, pero juraría que me amaba.

Yo la amé cada vez. Balcón, bar, metro y playa y también aquella plaza. Y también otras setenta y siete veces. Y también anoche: abrió los ojos despacio, bajo el peso de mi cuerpo y juraría que me amaba. Luego me lo dijo.

Y yo la amé cada vez. Y también anoche. Luego se lo dije.

viernes 29 de mayo de 2009

Semenario

Y Cardenal, al día siguiente, llegó a aquel colegio y vio saliendo de la capilla a Niño, con pasos cortos y rápidos, seguido por Cura, con pasos cortos y rápidos. Y Cristo en la pared lloraba, pero nadie le veía, que estaba castigado, de espaldas.

Y Cardenal paró a Niño, orgulloso de servir de ejemplo, supongo.

-Y tú, pequeño, ¿quieres ser sacerdote de mayor?

Niño miró a Cura.

-¿Yo? ¿De mayor? Yo quiero ser aborto.

viernes 22 de mayo de 2009

Baja laboral

El primer día de “desintoxicación social”, como Conejo dio en llamarlo, se despertó muy temprano y, pese a estar una hora dando vueltas con las sábanas, no logró cazar ni un bostezo rezagado de la manada. Finalmente capituló, se levantó refunfuñando, dio un descalzo puntapié involuntario al marco de la puerta y llegó dando saltitos a la cocina. Se preparó un nutritivo desayuno a base de café con hielo y tabaco y encendió el televisor para apagarlo de inmediato. La programación matinal los días de diario es infame. Después de quemar dos de ésos con la mirada centrada en la esquina agrietada de un azulejo, se decidió a bajar a la tienda de ultramarinos a por el periódico y cerveza, que no era plan empezar con whisky tan de mañana.

Por las pesimistas portadas de la “prensa seria”, acabó leyendo los chismorreos de la prensa deportiva sensacionalista, lo cual le deprimió más, seguro, que si hubiera cogido La Verdad, con un atentado, una muerte violenta y una entrevista a varios congresistas (‘continúa en la página 14’) en primera plana. Incluso recortó un artículo para poder quemarlo cuidadosamente.

[Otro aperitivo del proyecto de novela.]

jueves 21 de mayo de 2009

Mis memorias

Y verse en la obligación de amarlas a todas incondicionalmente, con la única condición de olvidarlas pronto y aún recordarlas para siempre.

Y siempre dejarse engañar y que los perfumes se reconozcan y diferencien, y se reconozcan y rememoren momentos mejores [aunque no hayan existido tales].

Y las pieles, que tienen memoria, también se acuerden del color de las cosas, de vestidos, de melenas, y entre sombras desvestidos, sus relatos escuchar.

Y los ojos mirarse bajo las gafas y bajo las pestañas, en un verse sin querer y aún así querer verse, aunque no haya nada que ver [por no querer perderse, puede].

Y acordarse de estar juntos hoy, mañana y ayer, y, aún cuando ya jamás existamos, saber que cualquier tiempo presente es mejor.

jueves 30 de abril de 2009

Así habló Quasimodo o El derrocamiento del león

Víctor Hugo, en una de sus extensas divagaciones sobre arquitectura, hace una afirmación que me recordó inevitablemente a Nietzsche. Este es el fragmento al que me refiero, de su obra Notre-Dame de Paris: "[···] el feudalismo intenta compartir el poder con la teocracia, mientras llega el pueblo (que llegará inevitablemente) y que, como el león, tomará para sí la mejor parte."
Por su parte, Nietzsche, en Also sprach Zarathustra transcribe este discurso -que fuera declamado en Die bunte Kuh, la Vaca Multicolor-: "[···] ¿Quién es el gran dragón, al que el espíritu no quiere seguir llamando señor ni dios? 'Tú debes' se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice 'yo quiero'. [···] Hermanos míos, ¿para qué se precisa que haya el león en el espíritu?¿Por qué no basta la bestia de carga, que renuncia a todo y es respetuosa? [···] Crearse libertad y un no santo incluso frente al deber: para ello, hermanos míos, es preciso el león."

A nadie se le escapará que parecen hablar del mismo león, pero tampoco que la imagen del francés es excesivamente optimista: el pueblo, llano y simple por definición e ignorante en honor al colectivo, tomará para sí lo que él crea la mejor parte, que rara vez coincidirá con el mayor premio... incluso la nobleza supo elegir mejor. El alemán renegado de tal, en cambio, considera a este león, al pueblo, un afortunado paso hacia el Niño (el del santo decir sí, la inocencia y la creación de nuevos valores). El negador nihilista sería, si juntáramos las palabras de ambos sabios, quien se ocuparía de los grandes edificios hasta que el pretendido súper-hombre llegue. O hasta que el niño, bailarín del precipicio, decida dormir para siempre al raso y convertirse en dios y en Dios.

"Dios dijo:'Haya luz' y hubo luz. Y vio Dios que la luz era buena, y la separó de las tinieblas."

lunes 27 de abril de 2009

Hermandad Universal

Cuando mi primo me esconde las llaves del coche y la chaqueta verde, me desplazo en tren hasta Madrid para ir a clase. Afortunadamente no ocurre muy a menudo; solo cuando yo le escondo el mando del televisor y la barra de labios.

Desde debajo del jersey morado y apoyado en mis zapatillas favoritas, que pertenecieron a mi padre, sujetaba la barra que soporta el techo del vagón, aterrorizado ante la idea de que se desplomara sobre mi cabeza. Cuando subió una pareja en la estación de Torrejón y se ofreció el galán a cumplir el papel de pilar, pude al fin sentarme, no antes de darle las gracias, claro, ¡que una vez fui a un colegio de pago!

Agotado como estaba (solo fueron dos paradas pero, al estar lloviendo, el techo pesaba más de lo normal), me desplomé en el primer lugar libre, es decir, al lado de una chica a la que no podía dejar de observar. Y no es que me atrajera, lo cual no sería extraño teniendo en cuenta mis antecedentes hormonales, sino que, en cuanto desviaba la mirada, olvidaba su cara y eso me frustraba. El caso es que no era en absoluto fea, pero al parecer carecía de todo rasgo que invitara a mi lujuria o mi interés. Tampoco encontré en ella ningún detalle que me desagradase. No sería capaz de describir su rostro, como decía, pero creo recordar que no carecía de feminidad. No era ni alta ni baja, ni flaca ni gorda, ni nada de nada. Se diría que estaba bien proporcionada. O al menos eso pensé en aquel momento. Puede que fuera morena, pero a ratos me vienen a la memoria ciertos destellos rubios cuyo origen no puedo concretar.

Ante la imposibilidad de precisar nada más la catalogué, sencillamente, como la Hermana Universal. Tenía (tiene, en realidad, a no ser que se cayera al salir del tren y le encontraran un cáncer terminal o una enfermedad degenerativa en fase avanzada que, tristemente, haya acabado con su vida antes de escribir yo esto) aquello que las hermanas tienen para los hijos de sus padres que hace que ellos, excepto en particulares excepciones, se vuelvan inmunes a las trampas que ellas pudieran dejar caer. Quizá las trampas de la pobre difunta llevaran repelente en el cebo. O es posible que fuera mi hermana en otra hipotética vida pasada, porque en Asamblea de Madrid-Entrevías la vi, con la cara pegada al cristal grueso y, como me daría cuenta después, pegajoso, besándose apasionada con un chico joven al que, sin ningún atisbo de vergüenza, me declaro completamente incapaz de describir.

miércoles 22 de abril de 2009

Requiescat in memoria nostra

¿Qué significa eso de Paz Eterna? Yo diría más bien Rollazo Absoluto. La manía de que la eternidad debe ser algo bueno y preferible solo viene de no haberla presenciado. Es igual que "¡Oh, vaya! Ir a la selva tiene que ser estupendo" y un mes después rezar un par de Padresuyos entre las fauces de una pantera del tamaño de un elefante. ¿A quién puede aliviar que nuestros muertos estén en "un lugar mejor" lejos de nosotros? Si somos sus seres queridos preferirían estar cerca, digo yo, por mala que sea la situación. Odiaría ver que mi padre estuviera quedándose mirándonos sin más desde el interior de una burbuja de profunda y opiácea felicidad. Ni siquiera eso, porque paz nunca fue sinónimo de felicidad, sino más equivalente a apatía y a nunca-pasa-nada. Prefiero saber que está conmigo en un sentido mucho menos metafórico.

Confío en que la vida tras el fin de la vida resida en la memoria ajena y, gracias a eso, podríamos dejar de oír hablar de tanta patética rectitud y nos concentraríamos más en amar o ser amados, ya que solo tendrán Vida Parte II los recordados, ya sean queridos o despreciados. ¿Quién podría soñar un paraíso más bello que los buenos recuerdos de los demás? ¿Y qué terrible imaginación crearía un infierno más aterrador que el hecho de que la única constancia superviviente de toda una vida humana (puesto que el resto del cuerpo es solo la devolución de un préstamo que la Naturaleza nos brinda) sean pensamientos de desprecio, aunque a veces se tiñan de lástima y eufemismos?

A algunos les parecerá una idea desoladora y pesimista ("¿Que se puede fornicar a diestro y siniestro sin ir al infierno?") pero esta pretendida certeza me atrae mucho más que ser devorado por un demonio del tamaño de un elefante por toda la Eternidad.

domingo 5 de abril de 2009

Haiku: Ante mortem

Solo de noche

el armario vacío

y una navaja

jueves 2 de abril de 2009


¡Dios, qué bella eres! Sería capaz de mirarte durante horas sin cansarme. Tus ojos, tu boca, tus labios. Tus dulces labios. Todo tu cuerpo. Sería capaz de mirar todo tu cuerpo durante horas, mientras me das la espalda y contoneándote te vas de mi lado.

Serpientes acuáticas II. Óleo sobre lienzo, por Gustav Klimt.

martes 31 de marzo de 2009

¿Sartresiana?

Una chica horrible ocupaba el asiento contiguo. Era tan fea que parecía hecha a propósito para una de esas películas-parodía americanas. Sería difícil distinguir su edad, desde luego. Si Platón fuera capaz de concebir la idea de fealdad, sin pensar en ella como carencia de belleza, aún se sentiría humillado al ver a la realidad superando de nuevo a la imaginación. Otra gran victoria de la práctica sobre la teoría. Malamente visible, era toda una cosa-en-sí. Gafas, dientes terriblemente descolocados, nariz aguileña, la piel de la cara poblada de cráteres macilentos... y un olor espantoso a podrido y bilis.

Me levanté para ponerme al fondo del autobús. Alguien había vomitado, quizá no tuviera ella la culpa del tufo, pero ¿qué demonios estaba haciendo? Algo con un imperdible abierto y un líquido negro y repugnante, con aspecto de brea -acaso una pócima mágica-, en el culo boca arriba de una lata de Aquarius. Al sentarme, al principio, pensé que Eso era lo que apestaba, hasta que descubrí el pastel. Sin embargo, más tarde no descarté que Eso o ella fueran la causa del chiste del último asiento.

En fin, yo me recliné en el penúltimo, con las rodillas apoyadas en el respaldo de delante, como siempre, mientras leía a Burguess y escuchaba la lista aleatoria del iPod. Canción 381: Scissor Sisters - She's my man, poco apropiada para el autobús y la náusea que contenía. La 382, de The Melvins, fue mucho más oportuna. Pura grunge (mugre, en inglés) en mp3 en el mugriento autobús con la mugrienta niña -llevaba un chándal rosa chicle lleno de bolitas por exceso de lavado y una camiseta azul celeste sorprendentemente limpia- de los calcetines blancos con mil vueltas en el mugriento dobladillo. No se veían sus piernas, pero si tuvieran la mitad de pelo que sus brazos...

Dos filas por delante de mí (en el asiento anterior a la hija del monstruo de Frankestein), un hombre miraba de soslayo continuamente al proyecto de-bruja-de-cuento-de-los-hermanos-Grimm. Llegando a Avenida de América, el hombre se levantó, recogió su chaqueta del último asiento y salió a toda prisa por las escaleras.

Por si fuera poco, llevaba un piercing y un abrigo rojo y negro. Y me la volví a encontrar en el metro.

martes 24 de marzo de 2009

Solo con una

Llevo varios días sin escribir nada. Nada de nada. Y cuando pienso en apoyar el puño en la hoja cuadriculada no consigo imaginar más que una palabra. Siempre visualizo los mismos feos trazos de mi caligrafía manuscrita, sin saber siquiera qué quiere decir ni qué puede transmitir. ¿Qué cojones voy a contar con una sola palabra?

Y puedo ver la tinta corrida en el papel arrugado que crepita desdoblándose en la papelera. Líneas enteras, párrafos, páginas y cuadernos. Una sola palabra repitiéndose continuamente, letra por letra, hasta el infinito, en distintos tamaños y tipos de letra (MAYÚSCULAS, minúsculas, cursivas), pero siempre la Única. Hojas y hojas en blanco, llenas de surcos, cuando se secan los bolígrafos, a la espera de los que siguen. Y los libros de las estanterías, desgarrados en el suelo, superpuestos mis renglones a la tipografía negra que, si uno se concentra, aún se puede leer (solo quedan ahora rotuladores verdes) y Michael Ende perdiéndose en su propia Historia.

Ya sin papel ni tinta las paredes brillan rojas rezando en voz baja, musitando la palabra, mientras yo la grito a través de mis dedos y sus uñas rompiéndose a lo ancho de los rugosos muros. La angustia del que escribe. Al fin las muñecas quietas y la espalda en el suelo, mis labios esbozan repetidamente la mueca que precisa este verbo maldito, con altibajos, eso sí. Tan pronto murmurando en la noche de una playa desierta de vivos a las estrellas, como gritando sobre montañas nevadas de semen a los vientos silenciadores. Hasta llegar el momento en que solo el susurro es posible, entre los labios apergaminados (por desgracia, no lo suficiente para escribir aliviado sobre ellos), blanquecinas las comisuras, y perderse el texto, acabarse el cuento vocalizando un estertor y un punto y final.

"Farsa".

lunes 16 de marzo de 2009

EXD - Aerótico

Por Javier Velázquez y Nacho Bibián.

Si te quiero
y es mentira,
no es porque no pueda,
es porque no quiero.
Y es mentira
porque te veo invisible
y en mis sueños no apareces.
Y ahora creces sin medida
para darme una lección.

Si pierdo la cabeza
y te miento de mañana,
no es porque yo sea malo,
es que no sé ser bueno.
Y te miento de mañana
porque todos los gatos son pardos
y tú eres toda una perra.
Y follar contigo no es follar,
es perder mi Norte y Sur.

Si te pierdo
y no me importa,
olvidaré tu cara y tu pelo
por si todo era mentira.
Y no me importa
porque lo que pasó se ha ido
y el futuro nunca espera.
Y mi vida seguirá remando,
sin las velas de tus ojos.

Si el título te suena de algo, mira aquí.

jueves 12 de marzo de 2009

Tras el día de mi muerte

Si tengo que tragarme esta mierda, ¡joder, traedme palomitas!


Si no lo entiendes pincha aquí (igual haciendo autopromoción...)

lunes 9 de marzo de 2009

Rec - viviendo

Por lo visto -no por mí, por otros-, Benjamín Botón nace siendo viejo para ir juveneciendo (no cabria aquí el "re-") a medida que [de]crece, teniendo una muerte, debería suponerse, envidiable, entrando en una mujer.

En el cuento de Carpentier Viaje a la semilla, la vida de un hombre se rebobina al llegar Tánatos, empezando el relato en el occidente y acabando, no solo en el nacimiento, sino más allá.

Según algunas leyendas, Merlín el Mago vivía hacia atrás y por ello conocía el futuro. ¿Estarán contentos Platón y Descartes con lo que eso supone? Significaría que llega a la vida con todo el conocimiento y a medida que avanza, por decirlo de alguna manera, va recordando experiencias. Sin duda, esta persona podría no limitarse a ser un vulgar consejero de un rey feo y bajito con un nombre tan feo y bajito como Artús y llegar a ser un dios en la Tierra, al no ser posible otra clase de dios (no personificado, al menos).

Hay un problema en esto: si alguien conoce lo que ocurrió y lo que llegará, ¿realmente tiene devenir? ¿No sería su vida moverse en el tiempo atrás y adelante hasta la eternidad?

Puede que, tras viajar a la semilla, revivamos nuestra historia. Quizá así se explicara la posibilidad de la existencia del Cielo/Infierno. El primero consistiría en poder pasar de escena de la película cuando llegan los malos momentos y el segundo, en que el botón del fast forward esté atascado, o incluso se vea un remake de las peores jugadas.

Solo queda desear que Merlín el Magnánimo y Altísimo retrase al máximo ese momento: nunca me convenció el cine español.

miércoles 18 de febrero de 2009

Amor pero, sobre todo, sexo

Cuando mis amigos se fueron con aquella malísima escusa para dejarme solo con la chica, ya pensé que era mi noche. Ya no me acuerdo ni cómo se llamaba, con que os podéis imaginar si triunfé o no. No hace tanto tiempo.

Después de un rato hablando y tonteando, cogió el teléfono y me soltó un rollo en plan “mi piso se quema/inunda”, “mi tío ha tenido un infarto” o “a mi hermano le acaba de dar una sobredosis/accidente de coche”. Así que se fue corriendo y a mí ni siquiera me dio por pensar si era verdad o no, con el dolor en la entrepierna. Al final, viéndome solo en la barra de un bar con dos cubatas a medias, decidí quedarme y terminármelos, “al menos eso que me llevo para el cuerpo”.

En una de las visitas al baño, a uno le pareció encantador mi paquete y no dejó de mirármelo mientras yo hacía uso del urinario guión meadero. Me hizo pensar lo complicado que resulta tratar con mujeres y lo fácil que sería si no-pensaran, como los hombres, con lo que acabé en el clásico “yo si fuera tía sería una zorra” y en el inevitable “qué suerte tienen los gays”. No recuerdo si esto lo decía en voz baja pareciendo un demente, lo pensaba o se lo gritaba al camarero, ni si era porque ya me volvía la sangre a la cabeza o precisamente porque seguía donde estaba, pero seguro que nadie atendió a mi disertación, así que soy el primero en publicarla.

“Los homosexuales deben…” qué palabra tan horrible, si lo piensas. Con heterosexual lo mismo: parece que absolutamente todo se reduzca al sexo… sí la mayoría de las cosas pero, ¿todo? Digo yo que, porque un hombre se tire a otro hombre, no va a ser necesariamente homosexual. No, si solo se trató de sexo. Lo que llamamos homosexual sería entonces ‘homoerótico’, por ejemplo. Es decir, alguien que siente amor por alguien del mismo sexo o es susceptible de sentirlo (no el amor ése generalizado entre los cristianos, ése que todos se tienen y luego se tratan a patadas; y tampoco el que puedas tener a tu madre, claro). Distinguiríamos entre la gente que simplemente jode con personas del mismo sexo pero que en realidad es ‘heteroerótico’ y los que, además de tirárselas, podrían casarse con ellas, vivir juntos, etc. Con sentimiento, me refiero. Pero claro, no acaba ahí, porque podríamos catalogar a algunos como ‘aeróticos’ si no son capaces de amar a nadie, u ‘omnieróticos’ si pueden amar a cualquiera (da igual si por un rato o de por vida), y así sucesivamente.

Más o menos esto me decía yo allí sentado en el acolchado taburete y decidí poner en práctica la clasificación de la que tan orgulloso estaba. Con solo ver al camarero tuve claro que era bisexual, pero no sabía si meterle entre los ‘aeróticos’ o los ‘omnieróticos’, porque, aunque parezcan opuestos, los hay que viven para siempre con el ser no-amado y los hay que cada día aman de verdad a alguien. Me decante por ‘omnierótico’ con reservas y promiscuo sin escrúpulos ni remedio. Seguí como poco otro cuarto de hora con un grupo que bebía en una esquina y de los que no recuerdo los datos de la investigación, hasta que me aburrí. Cómo se iban a poner los conservadores cuando se enteraran de todas las razas distintas que había descubierto yo solito. Con la que han montado contra los matrimonios homosexuales, imagina si se legalizaran entre gays y lesbianas, quiero decir, gays con lesbianas.

-Hola, guapo. ¿Tomas algo?
-Lo siento, soy heteroerótico.
-¿Qué?
-Un bourbon con limón, gracias.

miércoles 28 de enero de 2009

En mi libreta

En mi libreta escribiste la composición de mi alma, con la tinta que mana de exprimir los besos y, antes de arrancar las hojas, las secaste con el aire que cabe entre nosotros.

En mi libreta escribí felices palabras de amor triste, quemando las horas que me prometiste y luego escondías en el cajón de las cartas sin sello, pasadas de fecha.

En mi libreta escribes, parece, relatos sin sueño y cuentos pequeños que no hablan de mí ni se me acercan a contarme al oído dónde te fuiste y por qué no volvías.

En mi libreta trato de leer las frases que te llevaste; las que yo puse y tú pedías y las que tú escribías y yo pierdo.

En mi libreta ya no quedan hojas; las frases que te llevaste; pero sigo escribiendo.

[A partir de LA LIBRETA de Loren y en pretendido homenaje a él.]

viernes 16 de enero de 2009

Imaginación desbordante

Mientras leía, vi entrar, en la parada de República Argentina, a una mujer rubia. El cómic se iba acabando y, habiéndome dejado mi precioso iPod en casa, echaba mano de la mochila, buscando a tientas el libro que llevaba. Así podría sustituirlo por el cómic en cuanto los basanos se declararan contra Lucifer, tras lo cual seguía una página en negro y otra en blanco.

Tenía los ojos muy azules con un aire sensual, entreabiertos, protegidos por los cristales rectangulares y finos de unas gafas de montura al aire. Igual de entreabiertos llevaba los labios gruesos, que parecían fruncidos en una medio mueca que, seguro, despertaba pensamientos lujuriosos en la mayoría de hombres, sentados o de pie, del vagón.

Ignatius Reilly se estaba tomando un repulsivo baño mientras su madre se desahogaba telefónicamente con Santa, la tía del patrullero Mancuso: el obeso ahora trabajaba de vendedor ambulante de bocadillos de salchicha. Acabaría matando a su madre de un disgusto.

Unas botas oscuras aterciopeladas se camuflaban sobre los pantalones, que podían ser vaqueros, de un color muy parecido, con una chaqueta de pocos botones a juego. Le separaba de la piel clara una camisa blanca a rayas azules o azul a rayas blancas, verticales. También estaba algo entreabierta. Poco, pero suficiente. Y mas pensamientos lujuriosos, y más ojeadas lascivas.

Myrna Minkoff había escrito una carta en el reverso de un cartel que ahora se empapaba entre los rechonchos dedos. Acusaba al gordo de reprimirse e impedirse un desarrollo mental-sexual saludable. La carta carecía por completo de teología y geometría.

El pelo, ondulado, lo llevaba suelto, enmarcando el espectáculo que era su rostro, gobernado por esos ojos.

Mi abierta imaginación trataba de convencerme de que se fijaban en mí.

Salí en Ciudad Universitaria y ella permaneció sentada con los folios en la mano, pese a mi fantasía, empeñada en que me seguía con la mirada.

Camino de la calle, por las escaleras mecánicas ascendentes, sorprendí, en las de sentido opuesto, a otra chica mirándome a los ojos. Quizá.

sábado 10 de enero de 2009

Aquella carta

Cerca de la medianoche encontró aquella carta. Estaba entre varios papeles dentro de un cajón.

La conservó ahí probablemente porque era una de esas cosas que uno no se atreve a tirar o abandonar, pero que tampoco desearía ver cada día sobre el escritorio: leer incansablemente aquella carta una y otra vez hubiera sido, quizá, demasiado anormal, incluso para una personalidad plagada de sinsentidos, o más aún para una personalidad de sinsentidos plagada.

Sin embargo, de vez en cuando había abierto el cajón y había entrevisto aquella carta, sin siquiera tocarla, apartando de su mente la idea de abrirla, a lo mejor.

“Jueves, 24 de abril”. Parecía un día lejano, aunque no lo era tanto. Pese a la fecha, sí que era de un tiempo muy lejano, como de miles de kilómetros. “…tenía un rato libre, uno de esos en los que no sabes qué hacer (seguramente porque hay demasiadas cosas que hacer”; justo como este momento, pensó bostezando pero sin separar la vista de las letras manuscritas. Sonrió un par de veces con los generosísimos elogios que le iban dirigidos y volvió a leerlos imaginando los labios de ella recitándolos; se sonrojó y pasó al renglón siguiente: “aunque ninguno de ellos vaya dedicado a mí sabré que, al menos, algo he tenido que ver”, ¿sólo algo?, le parecía poco decir.

Luego, su poesía, sin rimas, innecesarias. Declaración de intenciones para la vida que le impulsaron a aplaudir, refrenándose para suerte de su familia, escaleras arriba.

“Ahora espero tu respuesta… no tardes tanto como yo”.

Recién pasada la medianoche volvió a guardar aquella carta que nunca fue contestada; hasta ahora: al fin escribió la historia.

jueves 8 de enero de 2009

En tierras de Su Majestad

La Reina de Corazones regentaba un burdel con su nombre en el número 52 de la calle Barajas. Estaba sucio y destartalado pero tenía muy buena fama entre el sector con peor fama del cuerpo.

Cuentan de ella las malas lenguas que, en sus mejores tiempos, tuvo una lengua prodigiosa. Monaguillo antes de fraile, se entiende. Pero, al parecer, ya la había retirado del mercado cuando fue a visitarla.

Llovía. Parecía que había llovido cada puto día desde el asesinato. Un extrañamente discreto neón coronaba la entrada con el nombre del burdel “Rena de Cazones”. Algunas letras estaban fundidas y alguna otra parpadeaba. Las oes tenían la forma de la idealizada imagen del sanguinolento órgano y la última letra de la primera palabra portaba un cetro y lucía una estereotipada corona. Unos años atrás la puerta había sido de color rojo oscuro, pero de aquel color antiguo solo quedaban algunos indicios en forma de manchas desconchadas e irregulares. Alrededor de ellos, madera ennegrecida y estropeada cuya especie no sabría precisar. Una vez cruzado el umbral con los hombros encogidos y el cuello de la gabardina chorreante subido, el llamativo contraste entre la suntuosidad y lujo de cortinas y tapizados frente al olor rancio , como los cacahuetes de los aviones, y kilos y kilos de polvo acumulado, de tal modo que no era fácil adivinar si la atmósfera blanquecina se debía al humo de cigarrillos y puros o a que los gordos clientes del local dieran pequeños saltitos en sus asientos cada vez que pasaba de largo una de las chicas, sin saber por cuál decantarse.

[Fragmento de novela aun por escribir].

miércoles 17 de diciembre de 2008

Quisiera decirte

Quisiera decirte,
mudo, que te quiero
y tú me escucharas.

Y fría, como el aire que nos separa,
mi mano te tocara
y aún así la sintieras.

Y con el rostro tapado,
que leyeras en mis labios
cuanto te amo,
y me leyeras un beso.

Y recuperar la voz
y no poder hablar
por tener tus labios cerca
de mis labios
y más aún de mi alma.

[Y ardiendo tocarte.]

[Y devolverte el beso.]

martes 16 de diciembre de 2008

El final de la asombrosa historia del granjero Howard y sus amigos. 2º capítulo. 2ª parte.

Cuando llegó a la academia "Paratolis" algo le sorprendió. Él era un hombre muy astuto, observador y perspicaz, y a primera vista se dio cuenta de que tenía las gafas sucias y de que en la entrada de la academia había un letrero que no había visto jamás de los jamases en el que se encontraban escritas unas frases en un idioma híbrido del suahili, el arameo y el bretón, lo cual no importó, ya que no tenía ni puta idea de leer. Le habría dado igual que estuviese escrito en Esperanto.

Su entrada en clase fue estelar: hasta las arañas colgadas de la pared gritaban:
-¡Repámpanos! ¡Ha vuelto Howard, el pequeño granjero de la ciudad!

Howard no cabía en sí de gozo, tantos eran los recuerdos que pasaban por su milímetro cuadrado de masa cráneo-encefálica. Allí estaban todos sus colegas de tiempos inmemoriales. ¡Oh, sí! Estaba el Trucha, el Garri, el Demetrio, Eustaquio y Falopio, ampliamente conocido por sus juergas y su gusto exacerbado por el alcohol etílico. Fue campeón olímpico en levantamiento de botella en barra fija en Moscú. De ahí la célebre expresión "me he ligado las trompas de Falopio": todos recuerdan las moñas que se agarraba. Por último, por eso mucho más importante, se reencontró con su amor de la infancia, la Jessi, que volvía a la academia tras una fructífera carrera como aizkolari y harrijasotzaile, llamada por todos Manolo Sorpresas o Manolo el Meriendas.

lunes 15 de diciembre de 2008

La ocurrrta vida de Howard, el pequeño pero matón campesino. 2º capítulo. Parte 1ª

Era una calurosa tarde de verano en la que el viento soplaba y movía esas maracas que Howard tenían en la mesa del porche. Aquellas que guardaba con tanto anhelo y cariño, como guarda un perro a su hijo perro; que tenían el sello de Antonio Machín Music (Máquina de hacer Antonios Musicales).

Howard, el pequeño campesino, comenzaba su dura jornada de recogida de cinrel en los campos de Cleveland Beach a las 4:00 PMI de la tarde.

Recuerdo aquella vez que se echó la siesta por haber comido la pesada fabada de su amada esposa Rigobert. Ese día Howard estuvo fustigándose con un látigo de cuarenta y cinco colas, cada una con cincuenta y una puntas, en cuyos extremos había adosados uno a uno por las dos caras de la fusta veinticinco pinchos. Desde entonces no volvió a dormir la siesta, ni la noche, ni nada durante 465 días. Tenía un fustigado insomnio. Cada noche intentaba planchar la oreja, pero no lo conseguía, dada la dificultad que entrañaba al estar colgado del techo del granero, a cinco metros del suelo. Tampoco pudo meterse en el sobre, ya que éste no soportaba ni siquiera el primer pie de Howard. Llegó a romper 378 sobres de correos con sellos de coleccionista y un pequeño sobrecillo de papel que su fiel Tobías le fabricó con el Libro de familia.

Un buen día, Howard, jarto de su laborioso trabajo y sus fustigues continuos, decidió dejar la cosecha del cinrel al pequeño Tobi y apuntarse a la vieja academia del pueblo, ya que a veces se sentía estúpido al no saber leer, escribir, pensar, oir... solo sabía fustigarse y recoger cinreles.
-¡Já! Sí, ese era Howard. ¡Siempre con sus cinreles!

Continuará...

domingo 19 de octubre de 2008

Howard, el humilde campesino. 1er capítulo. Parte 2ª.

[Escrito por Sergio Galán, Jorge Bibián y el menda].

Lo más extraño de este apartado o relato es que el pequeño guardián, tras una larga convalecencia que duró tres meses, cinco días, ocho horas, dos minutos y veinte, veintiuno, veintidós segundos, sobrevivió, quedando ciego de los tres ojos, el culo taponado, sin dos de sus patas, una sola oreja y tres agujeros del tamaño de una hamburguesa con doble de queso y triple de gluten sin pepinillo ni agregado de cebolla alguno. Se podía ver a través de él, por lo que, desde entonces, en vez de Rufo, le pusieron el nombre de Traspa. Tobi nunca superó la tragedia del pequeño Rufo.
La triste historia del Traspa acaba cuando, un día jugando en el jardín, tras haber comido comida y haber jugado a sus juegos, y tras, tal vez, haber soñado con sus sueños, jugaba a morderse el rabo...
-¡Já! Sí, ése era Rufo. Siempre con sus juegos y comiendo rabo.
Como iba diciendo, jugaba a morderse el rabo como hacía habitualmente, solo que esta vez estaba a punto de conseguirlo.
Tras largas horas de persecución de nardo, Traspa se quedó en el sitio. Su cabeza sólo daba vueltas. Ésta había adquirido el tamaño de una maquina revelvelante de esas nuevas, con luces de colores. Recordó que aquel día había comido avutardas pardas con salsa de estolacas, que son pollas como estacas. Al perro pardo le empezaron a surgir unas convulsiones que desencadenaron en unos vómitos del tamaño del Océano Pacífico.
El pequeño Traspa murió ahogado con su propio océano vomitivo (aquí acaba la historia de Traspa- Zurraspa).

Continuará...

domingo 5 de octubre de 2008

Howard, el humilde campesino. 1er capítulo. Parte 1ª.

[Escrito por Sergio Galán, Jorge Bibián y el menda].

Todo sucedió en un pequeño pueblo al sur de Oklahoma, donde los vientos corrían y los bisontes pastaban. Howard era un humilde campesino, vivía en una pequeña cabaña en medio del bosque de Yellowstone, hecha con cuatro palotes de madera del parque de Yellowstone y clavos de Wisconsin (California). Ahí vivía en compañía de su familia: su mujer Rigoberta (alias Rigo), el pequeño Tobías y su perro, llamado Rufo, por su parecido con el presidente. Entre Howard y su querida Rigober intentaban sacar adelante al pequeño Tobi, el cual nació con una malformación congénita por la cual en el brazo, en lugar de una mano, tenía un pie y en la pierna, en lugar de un pie, una mano. Todos sus amigos decían que era el rey del Twister. Por algún extraño motivo siempre ganaba. Lo peor de todo es que sus amigos eran unos monos amazónicos que habían ido a parar al parque de Yellostone tras estropearse su furgoneta por haber atropellado a Rufo.
El otro especimen de la casa era el guardián de la fortaleza. Su nombre era Rufo. Murió hace cosa de tres horas por un casual accidente: iba tan feliz por el suelo de la chabola cuando tropezó con el pie de Howard, el cual le confundió con otra cucaracha digievolucionada, en ese momento, por una casualidad desconocida, Howard empuñaba el mayor sable de todo Wisconsin (California). Aterrado por la presencia de la supuesta cucaracha de ocho metros de longitud, le atestó sesenta y nueve puñaladas y tres tiros de escopeta. Cuando el resto de la familia se enteró, el pequeño Tobías lloró desconsolado sin consolador alguno. No se explicaba cómo su padre había podido acribillar a su mejor amigo con ese machete tan enorme, que parecía el nardo de Rocco Sigfredi.


Continuará...

miércoles 1 de octubre de 2008

1 de Octubre: Dos meses después...

Dejó que el bueno de Monk se desgañitara a todo volumen proclamando su Sueño por los altavoces y que el incienso se quemara dando vueltas y más vueltas hasta acariciar el techo blanco, que auguraba nieve o inocencia, luminosidad.

Lamió con los dedos el humo sabor canela, bailó con él al son del alegre jazz mientras pensaba en esto, aquello, ésta, aquélla y la de más allá.

Permitió que la nube se acomodara en la habitación, que se asentara, cambiara de canción y recorriera las paredes, así consiguió que sus pensamientos también danzaran con la trompeta y pisaran con zapatillas de bailarina el teclado mágico, se quedaran, le acompañaran.

Sintió como le abrazaban y balanceaban sus ideas, al tiempo que el corazón se le aceleraba dejando que sus sentidos fueran más y más receptivos y que, sin embargo, no llegaran a divagar hacia temas trascendentales, porque la alegría del melancólico bajo era suficiente materia en la que concentrarse.

Admiró las fabulosas imágenes que se dibujaron camino del cielo, enormes torres que, pese a ser efímeras, resultarían eternas, y cada mota era levantada por otra más fuerte y con mayor espíritu.

Así acababa otra canción, pero no variaba la música, la que respiraba y palpaba, dulce, escuchando su matiz canela, en el cual se reflejaba el metálico y vital timbre de la luz por la ventana, marcando el ritmo.

Notó como el pecho se le llenaba, no de oxígeno, sino de jazz, luz, canela, música, dulces aromas, colores, humo, notas, y volvió a escribir.

miércoles 18 de junio de 2008

Carta de navegación

[Escrito por Daniel Díez]

El barco con demasiado lastre no navega. Si desafías esta ley, con gran empuje puedes navegar hasta aguas costeras pero mirarás el vasto horizonte con ojos tristes y escocerán las historias de otros marineros que llegaron hasta altamar.

Pero eso no lo querrá la tripulación, todos tienen sueños y construyeron un barco grande y fuerte que puede llegar muy lejos.
Habrá motines y se solucionarán si comparten el mismo objetivo porque se necesitan todos entre ellos para cumplirlo y no podrá remar solamente un lateral porque, entonces, el barco dará vueltas sobre sí mismo y no avanzaría, al final, se agotarían.

Un día buscarán el océano que les de esa sensación que hincha el corazón, con la cara al viento y los ojos llenos de inmensidad. Merecerá la pena luchar contra las tormentas o empujar el barco si se estancara en el tedio de un mar sin corriente. Y saldrá victorioso para alegría de la tripulación, con nuevas fuerzas y rumbo firme.
Pero sólo conseguirán salir adelante si no incumplen la ley ya dicha, no aferrarse al lastre. De lo contrario, llegaría el naufragio.

En un naufragio hay que nadar hasta llegar a la orilla y eso solamente puedes hacerlo por ti mismo. No puedes intentar salvar los recuerdos y enseres del viaje que ahora sólo se hunden e irías al fondo con ellos. Bajo el agua no se oyen los gritos.
Debes intentar flotar y salvar el cuerpo, que es el presente, aunque a veces te traicione y la piel añore sola , sin tu permiso, otros momentos más dulces...

A partir de aquí no hay nada que pueda decirte sobre qué sucederá. Supongo que algunos se salvarán, otros a pesar del intento no tendrán suficientes fuerzas.
He oído distintos casos en los que supervivientes de un naufragio, al llegar a la orilla, movieron tierra y mar para buscar a sus antiguos compañeros de barco y hubo muchos rescates. Otros decidieron unirse a otra tripulación y zarpar a un nuevo lugar.

Sin embargo, de quién oí esta lección fue de un viejo capitán que desde que llegó a la orilla jamás olvidó los días de su barco pero ni rescató a nadie, ni subió a otro por miedo a naufragar de nuevo.
Creo que tuvo fuerza para flotar pero aún vive y convive con el lastre que hizo hundir su barco.

PS.: (amores y desamores) (y el lastre del pasado)




[50º entrada. Parecerá más o menos oportuno publicar un texto ajeno para esta ocasión, pero así son las promesas. Y yo que me alegro.]

lunes 16 de junio de 2008

Homenaje

En 2003, aquél que fuera en mi más tierna infancia el gran guardián de mis pueriles sueños, el más insigne paladín de mi bienestar, fue obsequiado por SSMM Melchor, Gaspar y Baltasar con el más cálido, gélido y agridulce de los presentes: la paz. Tras haber sido asaltado por el cruel cangrejo varios meses atrás, el cual había atenazado cada vez más fuerte sus entrañas hasta hacerlo parecer un belicoso y valiente saco de huesos, pudo presentar ante su rey espada y escudo y partir con Caronte, en una travesía libre de óvolos, obviando el itinerario por Leteo y yendo directamente a un lugar que le confería una perspectiva espléndida para blandir otro tipo de armas, mucho más propias de palomas que de cuervos, por la felicidad de mis hermanos y la mía.

viernes 13 de junio de 2008

A los mundos anónimos

{Escrito por Manuel Fernando Bibián de Miguel.}


[···]

Vacío.
Comisteis en mi pecho,
como lobos hambrientos.
Os fuisteis como garzas,
veloces como el viento.
Por eso, estoy vacío,
porque me habéis comido.



¡Qué tristeza me doy,
que ni soy tuyo, ni mío,
porque no soy!

[···]

¿No os dais cuenta

que me voy,
que no soy uno de los vuestros,
que ya no estoy en medio,
que me estoy yendo?
¿No veis que no podéis

retenerme,
ni con cuerdas, ni sogas,
ni cadenas, ni cierres,
que me estoy yendo?
¿No percibís que mi alma

no os pertenece,
que ya no es vuestra,
que no os sigue,
que me estoy yendo?



Resbaló en tu mejilla
una lágrima,
y fui a buscarla
y ya no estaba,
y fui a quererla
y se había ido,
y fui a besarla
y no eras tú.


[···]

martes 10 de junio de 2008

COBARDE

Soy un cobarde, ¿verdad?

Sí, eso creo.

¿Cómo si no, habiendo visto frente a mí a la Luz Bella ofreciéndome el carnoso pecado, no he sido capaz de alargar la mano y acariciarlo?

¿Acaso tuve miedo de lo que pudiera pensar Aquél que vive en la Casa de Todos?

¿De lo que pudiera decir?

¿Hacer?

¿Es que olvidé que Ése ya murió hace tiempo?

¿No había creído siempre que los que consideraban malos los pecados lo hacían guiados por la envidia y el desconocimiento del que nunca ha probado?

No fue ése el problema, cierto. Sí lo deseé y, ¿por qué no lo tomé cuando me era ofrecido?

Su rostro iluminado e iluminador tan cerca, mover la mano, buscar su gesto, abrir el alma y, al fin, notar la parálisis y caer en desgracia y autorreproche. Y solo desear que a la Oportunidad no la pinten más calva y le crezca el pelo en la nuca.

sábado 7 de junio de 2008

Olvidé cómo pensar

A veces pienso tanto en ti que creo que olvidaré mi nombre.

Me decía una amiga que, cuando los hombres nos sentimos atraídos por una persona, pensamos con nuestro segundo órgano más preciado. He acabado por llegar a la conclusión de que no puede ser cierto. Estoy de acuerdo en que con la cabeza no pensamos, eso seguro, porque contigo no soy capaz de empalmar palabras para formar una frase coherente siquiera, ni tampoco consigo agarrar un comentario ingenioso para regalarte.

Creo que podemos pensar con las rodillas. Eso explicaría por qué me tambaleo con un ritmo indescifrable y sinuoso al mirarte a los ojos. Me tiemblan como las máquinas antiguas a las que se acumula el trabajo y se les atasca el papel impreso, o se calientan en exceso [Puede que sea eso].

Incluso es posible que al tratar de razonar rápido, y así reaccionar, solo lleguemos a las manos (ojalá, diréis) y con ellas pensemos. Es posible, porque me ocurre lo mismo que con las rodillas, además de parecerme que mis muñecas y dedos son de otra persona… Una muy borracha o pretendiendo desintoxicarse o reintoxicarse.

A veces pienso tanto en ti que creo que olvidaré mi nombre. Y espero que así sea si me sirve para expresarte claramente esto, todo.

miércoles 7 de mayo de 2008

El Starbucks es lo que tiene...

-Te han puesto aquí tu nombre.
-Es como un autógrafo pero hecho por otro.
-Vamos... un grafo...
-Querrás decir un heterógrafo.
-No. Un grafo. Como "autobiografía", que viene de "biografía".
-Pues no, porque una autobiografía no es lo contrario de una biografía. ¿Sabes? Tienen que ser contrarios... Si un autógrafo es un grafo hecho por uno mismo, un heterógrafo es un grafo hecho por un hetero...
-Ejem...
-Sí, bueno, tú ya me entiendes. En fin, que ese café me correspondería a mí.
-Pues hala, toma.
-No, no. Te lo regalo... Si es que soy muy complaciente.
-Sí, y muy autocomplaciente también.
-Jaja, desde luego. ¡Aunque lo que más soy es biocomplaciente!

[Y a buen encendedor, pocas palabras gastan... (o algo así).]

martes 6 de mayo de 2008

Dejad que los niños se acerquen a mí.

-¿Tú tienes papá?
-Claro que tengo.
-¡Anda! Yo pensaba que tú eras un papá...
-Jaja, pues no. De todas formas los que son padres también tienen papás.
-Sí. Se llaman abuelos.
-Claro. Incluso los abuelos tienen papás también. ¿Sabes cómo se llaman?
-Pues claro que lo sé: ¡El papá de los abuelos es Dios! ¿Pero cómo se llaman los abuelos de Dios?

Me controlé para no explicarle que Dios no tiene abuela.

[Por favor, caballero, guarde silencio: el niño tiene la palabra.]

martes 8 de abril de 2008

Rajoy y Zapatero entran en un bar...

La sucesión de inacabables debates entre el Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el “líder de la oposición”, Mariano Rajoy, y las continuas entrevistas a ambos, así como los innumerables enfrentamientos mediáticos entre ministros del actual Gobierno y distintos representantes del Partido Popular, no hicieron más que demostrar la gravedad de la mayor lacra que afecta en este momento a lo que se ha dado a llamar Democracia española: frente al multipartidismo instituido y teórico, nos encontramos con un bipartidismo solo amenazado en los ámbitos regional, provincial y local, quizá debido a la tendencia filoamericana que impera en estos tiempos hipercapitalistas.

No queda ahí la americanofilia, ya que, como se ha demostrado en los debates cara a cara, los representantes de ambos partidos no se presentaron como tal, sino como personalidades con capacidad y apoyo para formar gobierno. También hemos copiado el Presidencialismo, solo que en España no está contemplado por la Constitución, aunque por supuesto, eso no es algo que quite el sueño a los dos partidos mayoritarios.

Un sufragio malversado y una campaña de banalización de aquellos votos que no van dirigidos a PP y PSOE, convirtiéndolos en poco más que votos en blanco por no decir abstención. Éstas son las claves que definen estas pasadas elecciones y sus campañas previas.

Ha llegado hasta tal punto este apoyo de la prensa nacional al bipartidismo que, mientras en algunos medios se afirmaba que en el debate cara a cara se enfrentaban los “dos únicos partidos con posibilidades reales de ganar las elecciones”, en ninguno se mostraban signos de sorpresa cuando Mariano Rajoy afirmó rotundo, después de perder las elecciones del 2004, que “el PP representa a la mitad de los españoles”. ¡Cómo se atreve a manipular los datos con tanta naturalidad! Pocas veces desde que se instauró el nuevo modelo político en 1978 un partido ha conseguido un 50% de votos, lo que además no incluye a los que contemplan la abstención como opción política, y desde luego jamás perdiendo las elecciones. Lo que hace Rajoy en esta frase, en resumen, es dar como insignificante la ventaja que otorgó el Gobierno al PSOE y a su vez suprimir todo el panorama político que se abre tras los dos colosos “hechos a sí mismos”.

Los debates "cara a cara" del 25 de Febrero y del 3 de Marzo de 2008 no fueron más que mítines privados de cada candidato con pausas para permitir hablar al otro, si acaso decorados con alguna pataleta y eventuales discusiones pueriles. Como una partida entre Kasparov y Karpov en distintos tableros en las que solo compartieran cronómetro (también con inevitables pataletas por parte del segundo, en el mejor de los casos).

jueves 3 de abril de 2008

Las puertas del cielo [6º Fragmento]

EPÍLOGO: La puerta trasera del pozo.
¡Atraviésame, brillante bala!


Atraviésame, alada joya, y convierte mi alma en lo que siempre fue mi cuerpo: humo y sangre.

Derrúmbame otra vez, y que cuando mi tronco sea talado y caiga al suelo impregne el piso de sangre y levante todo el polvo, una nube. Humo.

Méteme en la barca y no olvides pagar al esquelético cayuquero dos monedas. No creo que necesite documentación allá donde voy, bastará con que abones todos los gastos, como siempre. Hasta ésos se contentarán con una buena suma.

Y cuando llegue, ¿a qué piso me guiará mi Virgilio? ¿Me llevará junto a mi clara y luminosa Beatriz quizá?

¿A qué esperas brillante lucero? ¿Por qué no estallan ya mis entrañas? Ya ves que te anhelo. Aunque también te temo. Temo tu sonoro golpe y temo convertirme en un pelele inerte y agujereado; pero más temo seguir sintiendo este dolor que no puedo llorar, ¡tan profundo es mi dolor!

Tiéndeme ahora tus canosos cabellos, que quiero trepar fuera de este pozo, o al menos abre con tu plateada llave la puerta trasera.

lunes 31 de marzo de 2008

Las puertas del cielo [5º Fragmento]

-¿Dónde te vas a pegar el tiro? –me pareció una pregunta esencial, ¡qué cosas!-.
-¿Te refieres a qué parte del cuerpo?
-Sí.

Me miró agradecido:
-No estoy seguro. En la frente quedaría feo.
-Es cierto. En la boca también –informé-; te saldría toda la sangre por ahí.

Compartimos una mirada que se me antojó divertida, como cuando de niños tramábamos alguna ocurrente travesura.

-Además dejaría el techo perdido –añadió-.
-Quizá en el corazón sea lo más romántico –sugerí-.
-Si fuera por románticos… La mayoría de los que se suicidaron se dieron un tiro en la sien.
-Hablaba del significado popular.
-Lo sé –dijo con la misma tenue voz-. Bromeaba.
-Bonito momento –exclamé, y estalló en carcajadas-.

Fueron unas risas tan limpias y serenas, sin atisbo de nerviosismo, que me las contagió al instante.

Todavía tardamos un rato en parar.

-¿En el corazón dices? –tenía los ojos llenos de lágrimas. Algunas eran dulces-.
-Sí, eso dije.
-No tardaré mucho en morirme ¿no?
-Leí el otro día que uno murió al instante por un balazo en el corazón durante una pelea.
-Está bien.

Nos quedamos en un profundo silencio. Profundo como un pozo. Un pozo repleto de llanto. Un pozo.

¿Sabéis qué se me ocurrió en ese momento? Que quizá la vida no sea más que un profundo y musgoso pozo: Nacemos húmedos y nos ponemos a trepar. A veces caemos y nos empapamos con las lágrimas del fondo. Otras veces las gotas vienen de arriba. Además, ¿no dicen que al final podemos ver una luz al final de un largo túnel? ¿Acaso no será esta luz más que el exterior del pozo?

-No pienso pedirte que lo hagas tú. Dispararme digo.
-Te lo agradezco. Procura no hacerlo cerca de Clara, por favor.
-Eso no es Clara, pero de acuerdo.

Me pidió que saliera sin esperar ni un segundo más. Al cerrar la puerta tras de mí (no quise sostener la mirada a Marcos), escuché, como lejana letanía, un improvisado monólogo pero, por segunda vez en el día, las palabras rebotaban en mi mente como en una cama elástica los niños del Parque Internacional.

Era mediodía. Calló y cogí el teléfono.

Continuará... pero menos.

domingo 30 de marzo de 2008

Un tiro limpio

“ Los tiros se reciben siempre entre la incredulidad del ‘no puede pasarme a mí’ y el desasosiego que asume el hecho. No sé si ves pasar fotogramas de tu vida en un segundo, pero a mí me vino a la cabeza lo que más me importaba en ese momento, todo el día de ayer, las palabras, tus gestos, nuestros momentos... y de nuevo un escalofrío recorrió mi piel y helado se instaló en mi pecho. Me oprimía con tanta fuerza que apenas me dejaba respirar. Corrí hacia el baño y de manera instintiva tragué innumerables bocanadas de agua bajo el chorro a presión del grifo abierto. Conseguí calmar la ansiedad lo suficiente como para suspirar profundamente después del último trago.
Estuve unos segundos absorto, recuperándome, y observando detenidamente las formas que tomaban los dibujos naturales del mármol del lavabo. Sinuosas y convulsas, arremolinadas entre sí, casi violentas, como el carrusel en el que hacía un segundo había montado, y ahora, desahogado, sólo escuchaba el monótono fluir del chorrillo que huía por el sumidero.
Cuando se detuvo la corriente, sólo quedó mi respiración entrecortada y un lento tintineo de gotas que se estrellaban sobre el mármol anteriormente claro y ahora salpicado de rojo. Encontré a mi nariz como el origen de ese hilillo de sangre y reaccioné muy calmado para mi sorpresa, sabiendo lo que había que hacer. Lo limpié con papel y agua y salí de allí. Volvía en mí.
No sé llorar pero somatizo en mis puntos débiles lo que hace afligirme, y mi nariz ya ha sufrido muchos golpes.
El tiempo que se había parado reanudó la marcha y con él, otra vez, el latir del corazón haciéndolo de manera inevitable y por la misma razón. No había cambiado nada la bala que entró con tanto dolor. Pasó cerca del corazón y salió sin dejar daños.
Había sido un tiro limpio. Un golpe encajado que permitió seguir luchando al boxeador y le recordó que no debía bajar la guardia...
No nací ayer. Hay que luchar por lo que se quiere.”


Éste es un texto de un amigo mío, Daniel Díez Cecilia, que en breve abrirá su propio blog, ¿verdad que sí?

viernes 28 de marzo de 2008

Las puertas del cielo [4º Fragmento]

En unos minutos nos volvimos a encontrar en la casa. Habló muy brevemente con uno de los primos lejanos de Clara con unas anchas gafas de pasta negra e impoluto traje oscuro y la multitud se fue diluyendo, marchándose con cuentagotas. ¡Qué alivio cuando se secó el vestíbulo!

Me hizo señas para que le siguiera. Al entrar al cuarto con el funesto mobiliario, cerró la puerta, aunque no quedara nadie en casa, ni en toda la ciudad. Se sentó al lado del cuerpo sin mirarlo y me hizo otra seña para que me sentara. Yo estaba bien de pie. No dejé de estudiar su expresión, pero no veía nada, una vez más.

Se movió un poco en la cama, acercándose a la mesilla de noche, abrió el primer cajón y allí estaba, la puerta del cielo (o las llaves de San Pedro, como queráis), la escalera para llegar allí, los polvos de hada necesarios para entrar. Agarró el pequeño revólver. ¿De dónde habría sacado el silenciador? Ya leía su rostro, ya sabía lo que pensaba, antes de que me mirara para disipar cada duda.

-No es una solución -estas palabras debieron salir de mi boca, pero creo que no fue así-, pero sí que es una salida.

Sin dejar de mirarle busqué el sillón a tientas. Ya no estaba tan a gusto levantado. Me quité la chaqueta, golpeando un jarrón a punto de caer con el libro que solía llevar en el bolsillo izquierdo.

-El triángulo se ha roto –dijo-. Mi vértice ha muerto. Ya no soy necesario. No soy útil. Sé que te parecerá absurdo, pero no entiendo mi vida sin ella.

No me pareció nada absurdo. Creí que tenía toda la razón del mundo, en ese momento. Ahora sí, había mirado fijamente a los ojos a mi incertidumbre y la había disparado entre cada uno de ellos con la breve pistola.

Continuará...

martes 25 de marzo de 2008

Las puertas del cielo [3er Fragmento]

A pesar de los innumerables meses que llevaba postrada en la cama y de las continuas y macabras sentencias del tal doctor (o matasanos, como nosotros solíamos llamarle), no creíamos que fuera a llegar este momento. Nos habíamos acostumbrado de tal modo al trío que formábamos, aún cuando Clara apenas podía levantarse, que casi nos reíamos de las absurdas palabras del médico.

Mi madre era particularmente reacia a nuestra relación y siempre me repetía: “¿Qué pintas tú de continuo andando d’arriba p’abajo con una parejita?” Ella no entendía. Y yo al principio simplemente la ignoraba cuando me insistía con tales preguntas. Al final directamente dejé de ir a verla.

No tardo Jack en venir, y mientras me consolaba a mí, veía como Marcos se serenaba sin haberse acercado siquiera el vaso a los labios, a pesar de que yo seguía sumido en un profundo pesar, como si solo inhalando el aroma del dulce néctar o admirando sus reflejos dorados éste hubiera paliado todos sus males. Completamente tranquilo me dijo que quería ir a casa. “Tengo algo que enseñarte”. Le miré entre sorprendido, asustado y suplicante, y a pesar de todo no pude decir más que un apagado “vale”.

No estoy seguro de qué número aparecía en el billete que reposaba sobre la mesa cuando nos marchamos y, aunque no lo creáis (ni yo mismo), me pregunto continuamente dónde estarán las malditas vueltas, pero entonces no me importó en absoluto. Al fresco ambiente gobernante en el bar lo siguió el asfixiante calor de fuera, por lo que yo, si es posible, sentí derrumbarme aún más. Busqué la mirada de Marcos pretendiendo encontrar de nuevo aquella conexión solo propia de gemelos, pero quede desconcertado: había desaparecido.

Ya no había bamboleo en los andares de Marcos, habían desaparecido las grietas de su castillo. Solo quedaba determinación y algo parecido a la serenidad, o incluso a la felicidad. No salía de mi asombro, ni tampoco del suyo.

Continuará...

domingo 23 de marzo de 2008

Las puertas del cielo [2º Fragmento]

Subí al autobús de color rojo (el preferido de Clara) y piqué el billete como un autómata, por mera costumbre. Me puse al lado de la ventana pero no miré nada. Bueno, mirar sí miraba, pero no veía nada: mi campo visual no salía de mí mismo. Llegué rápido a la casa y entré sin llamar. En el recibidor charlaban con aire apesadumbrado algunas personas que supuse familiares lejanos. Tal vez vecinos. Noté que no estaban verdaderamente tristes, solo algo apagados. Saludé apenas y crucé el pasillo hacia el cuarto principal. El único cuarto en realidad. Me encontré con un objeto extraño encima de la cama. Parecía Clara, pero evidentemente no era ella. Ni siquiera se parecía, si lo pienso bien, le faltaba “Claridad”, quiero decir, aquello que hacía que Clara fuera Clara. Era un extraño muñeco de curvas femeninas y, aunque ausentes de vida, atractivas, como las de Clara. En la brillante y pálida porcelana se podía ver los rasgos faciales tan parecidos a los de Clara. Y a pesar de estas coincidencias, la imagen era mucho más delicada que Clara, mucho más voluble, efímera. El apéndice que simulaba el brazo izquierdo acababa en el enorme bulto lloroso en el que se había convertido Marcos. Levantó despacio éste la cabeza para mirarme desvalido. No intentó forzar una sonrisa. Sabía que yo no la necesitaba, además no la habría apreciado. Yo tampoco probé a infundirle tranquilidad, me limité a mirarle con gravedad y escasa seguridad. Le sugerí un café. No se trataba de evadirnos exactamente. Era más bien centrarnos en el tema dominante lejos de esa atmósfera sobrecargada de realidad, tanta realidad a veces resulta insoportablemente irreal.

Caminamos en silencio por la calle. No sabría decir si estaba abarrotada o desierta, porque nosotros no veíamos a nadie más, tan únicos en el mundo nos sentíamos. Solos en el universo. Como si Clara fuera la primera persona que muriera en siglos y la gente se encontrara de luto en sus casas.

El enorme cuerpo de Marcos se tambaleaba arrítmicamente, pero no creo que un desconocido se pudiera dar cuenta de su dolor. Tuve la sensación de que Marcos era un inexpugnable y majestuoso bastión, de donde ningún testigo podía salir a divulgar los secretos del barón, conde o Marqués. Sin embargo yo, su aliado, sí conocía su pesar y, de una manera sobrenatural, lo compartía.

Llegamos al pequeño y oscuro antro que frecuentábamos y nos sentamos en el más impenetrable rincón que pudimos encontrar. No estoy seguro de cómo nos las apañamos, pero no pareció haberse perturbado el sonoro silencio tras despachar al joven camarero mandándole a buscar whiskey. Quizá precisáramos litros del que había sido uno de nuestros más fieles acompañantes, el señor Jack Daniels (Tennessee Bourbon). No rehuíamos la mirada del otro pero tampoco la acabábamos de encontrar.


Continuará...

domingo 2 de marzo de 2008

Las puertas del cielo [1er Fragmento]

Corría como un guepardo. Ya había perdido de vista a mis competidores. No quedaba ni uno delante de mí. Apenas llegaba a la cinta que significaba el punto final de la carrera, uno de los comisarios de pista cogió su silbato y lo pitó. Pero curiosamente no fue un silbido lo que salió de dentro. Fue como un ruido de campanas. Un timbre. Un timbre de teléfono. Desperté sobresaltado y corrí al salón casi por inercia. Era Marcos.

Mientras me disponía a ducharme bañado en una mezcla de sudores fríos y cálidos, escuchaba cómo las palabras de Marcos rebotaban, chocaban, saltaban y corrían precipitadamente. Todo esto dentro de mi cabeza. Quizá trataran de encontrar un sitio donde asentarse y tomar un lugar ordenado para reposar. O quizá estuvieran siendo empujadas, expulsadas. A lo mejor algo quería que salieran, que no hubieran entrado nunca en la húmeda caverna.

Las gotas de agua que chocaban contra mis hombros se empeñaban en canturrear y repetir la frase con la que cruelmente me saludó Marcos. Parecía que le hubiera explotado dentro de la boca. Que los pensamientos se hubieran peleado atropelladamente y que el más rápido o el más violento hubiera sido ese (como pasa con los espermatozoides, se me ocurrió pensar). No me cabe duda de que era el más violento que le cabía en su canosa cabeza. Creo que había pensado cuidadosamente bien cómo decirlo. Pero cuando le llegó el momento de actuar de emisario los hizo automáticamente. Como deseando que le cortara la lengua cuanto antes.

El cristalino líquido era increíblemente mordaz. “Clara ha muerto”. “Clara ha muerto”. “Clara…”. Cada gota se regocijaba en mi desconcierto. Mientras me arreglaba en mi cuarto, el locutor, con voz cansina, no paraba de hablar de Clara y de la muerte. Parecía que los hados se hubieran confabulado para atormentarme con aquel terrible día. Al salir por la puerta y sacar las llaves el Sol me quemaba en la nuca. La mañana estaba anormalmente Clara.

Continuará...

Inspirado en el cuento de Julio Cortázar del mismo nombre. (¡Che, viejo, qué bueno que escribiste!)

martes 26 de febrero de 2008




Lloras. Yo no sé por qué, pero lloras. Lloras mares, ríos. Océanos lloras. No sé por qué lloras, porque yo sigo aquí. No tienes motivo para llorar. Aunque tu creas que sí.
Lloras sin motivo, desconsolada, y afuera llueve.


Cabeza de mujer llorando. Técnica mixta sobre lienzo, por Pablo Picasso.

domingo 24 de febrero de 2008

Mi niño respiraba la magia, respiraba la noche mientras las estrellas me lo mecían e iluminaban. ¡Cómo admiraba yo aquellos soles que a mi niño mecían e iluminaban, mientras se lo llevaban con ellos a viajar por nuevos parajes!
Noche estrellada. Óleo sobre lienzo, por Vincent van Gogh. (Elegido por Olga :D)

domingo 27 de enero de 2008

Y el séptimo día descansó

Las mañanas amanecen ya coronadas en lo alto por el Astro y casi siempre tranquilas, y el piar de algunos pájaros sorprende a los niños vestidos de fiesta, pero con gesto aburrido, caminando hacia Su casa.

Las bocas secas, los ojos rojos, las ropas impregnadas de tabaco. Se las dan de anfitriones, recibiendo a los recién llegados, porque no cuenta como un día más, si acaso como alguno menos.

Alguno menos para los que ya no van vestidos de fiesta, aun manteniendo perenne algunos la cara de hastío, porque el hombre vivió seis días y en este séptimo descansó.

sábado 26 de enero de 2008

La vida de las moscas

Había aparecido una voluminosa y peluda barriga donde antes no existía nada, y podía sentir cómo se pudría su piel debajo de la raída y degradante camiseta interior, antaño blanca, y los sucios pantalones. Todo el pelo que le sobraba en el vientre, le faltaba sobre la frente. ¡Cuánto echaba de menos su flequillo de rebelde! Al menos le quedaban las patillas…

Tanto se le había desnudado el cráneo que abandonó la patética costumbre de tratar de cubrir las calvas con el cabello del resto de la cabeza. Aunque tampoco tenía ocasión de lucir su brillante testa, porque no salía de casa nunca, desde que nació. Eso le parecía. Definitivamente, hubo tiempos mejores, ¿no? ¡NO!

Fuera de estas paredes, su vida pasada se podía resumir, a modo de metáfora, con una descripción de la presente: no había hecho más que repantigarse en un apestoso sillón y ver cómo su equipo perdía una y otra vez. El resultado no importaba. Él siempre perdía. Perdió la oportunidad de vivir cuando la tuvo. No hizo nada. Jamás. Incluso cuando no paraba por casa y permanecía deambulando de sol a sol. Incluso entonces no había hecho otra cosa que perder el tiempo, nada más que esperar a que le marcaran gol de nuevo, mientras él, de portero, era un mero espectador.

Era un cobarde: nunca lloró. Le asustaba darse cuenta de sus propias desgracias, hasta cuando pasaban por las vidas de los seres que debieron ser queridos. Porque no fue capaz de querer. Ni a personas, ni a cosas, ni de perseguir objetivos. Ni tan siquiera buscó satisfacer su presente. Se dio cuenta tarde de su cobardía, y la lamentó enormemente, pero no lloró. No se atrevía.
Era débil también. Su debilidad era mucha mayor de la que, en su momento, acusó de tener a su hermano Pablo, el pequeño. Ése se cortó las venas.


Pablo amó la vida. La amó tanto que no soportó sentirse engañado por ella.

Pero él era tan cobarde que ni la vida fue nunca objeto de su amor. Por eso no vio sentido a su muerte: porque no se lo encontró jamás a la vida.

Hay una extraña creencia de que ese es el problema de los suicidas. No comparto esa idea. Igual que nadie podría sentir nada por un desconocido, uno del que no se tuviera noticia alguna, nadie que no hubiera VIVIDO con mayúsculas desearía que le llegara la muerte antes de tiempo. Si nada esperas, nada pierdes. Los amantes de la vida somos suicidas en potencia, más que los que la desprecian o ignoran, pero, por fortuna, muy pocos llegan a serlo en acto.

Las arrugas que surcaban su mente eran aún más profundas y sinuosas que las que rodeaban sus castaños ojos. Estaba verdaderamente muy desmejorado.

Encontró un coloso dentro de sí, hecho todo de vacío y hiel. No consiguió nada por lo que mereciera la pena recordarle. Aún más que eso, no existía nada en absoluto que fuera a dejar constancia de su paso por el universo, si acaso este cadáver ya putrefacto.

Atrapado por la chaise-longue tapizada de manchas, supo que Tánatos no tardaría en llegar y que él no se habría movido ni un milímetro. La duda era si el hermano de aquél llegaría antes.

Deseó con todas sus fuerzas cerrar los ojos para siempre abiertos.

sábado 12 de enero de 2008

La fábula del dictador comunista y el elefante

¿Sabes esa sensación de poder que puede asaltarte -y de hecho lo hace- cuando subes en un ascensor con paredes transparentes? Pues convendría que la conocieras, porque a propósito de este magnificador sentimiento hay un curioso relato que me gustaría compartir contigo:

Se dice que un conocido dictador de extrema izquierda –no necesariamente conocido por nosotros, ni siquiera es preciso que se trate de un dictador de este siglo ni del siguiente- se cruzó, mientras paseaba en un tormentoso día a lo largo de una avenida de la bien avenida capital de su extremadamente-izquierdista estado, con un elefante que, como era costumbre en el país, le saludó con decoro y diligencia, por lo cual el estadista, con el uniforme progresivamente más y más mojado y con algunas gotas distorsionando la visión de las innumerables medallas dudosamente merecidas, no hizo siquiera ademán de interrumpir su militar marcha para castigar una supuesta desconsideración de su poder que, por el momento, no se produjo. Ruego al lector permita la licencia poética que ejercí al introducir un personaje tan absurdo en el relato: es bien sabida la incompatibilidad de un dictador personalizado en un estado verdaderamente de la más lejana siniestra. Después de tranquilizar al lector en este punto (más bien al propio autor), podemos continuar la fábula. Resulta que, cuando el portentoso personaje hubo rebasado al animal, escuchó a su espalda una mal disimulada carcajada. Así la voluminosa bestia se mofaba de la decadente dirección que tomaba el ascensor ocupado por el gobernante, contigua la cabina a la que él usaba.

La resolución de este esópico-samaniego cuento es cómo la felicidad abordó al grandísimo africano al parecerle que su vida ascendía de nivel, estando en realidad estancada, al tomar como referencia la caída inevitable de una autoridad personalista.

viernes 11 de enero de 2008

Capítulo 2º: Quisiera ser tan alto como la luna... pero no tan pálido

¡¡¡Aquí llega lo que todos estabais esperando!!! Ah no, que solo es el segundo capítulo de la historia metiniana.


El viaje fue largo, pero como la nave tenía BlueRay, BlueTooth y BluePeople (según algunas teorías los metinos pueden ser una especie de pitufos, incluso con la misma jerarquía patriarcal) y la SGAE había desaparecido con su planeta, pudieron ver películas como Horizonte Final, Alien o Un padre en apuros, que les hicieron sentir mucho más seguros dentro de sus latas espaciales. Al final encontraron un planeta adecuado, Venus, pero cómo lo había reservado una corporación intergaláctica para un parque de atracciones tuvieron que conformarse con la Tierra, que carecía de vida inteligente, por lo que su tarea sería aún más ardua. Con sus naves puestas según la formación “El lago de los cisnes”, aterrizaron sobre la campiña inglesa y poco a poco fueron descendiendo de sus cientos de máquinas y… muriendo dolorosamente ahogados, pues eran una forma de vida que respiraba metano, mucho más beneficioso para los poros y las pieles grasas. Toda una raza podría haber perecido en este desafortunado fallo de cálculos, pero el destino quiso que algunas de las naves fueran ingeridas por las vacas que pastaban en esos campos y que, ¡bendita casualidad!, tenían problemas gastrointestinales en forma de ventosidades, de manera que en el sistema digestivo bovino aprendieron a gestionar las pequeñas cantidades de metano producidas por los organismos vivos.

Con el tiempo los metinos fueron conquistando sistemas digestivos con su tapadera E. Coli Enterprises, hasta que llegaron al colon de un humano y se dieron cuenta de que era la especie adecuada. Desde entonces, cada vez que tienen oportunidad, ya sea mediante combustión externa (en el retrete) o interna (cuando los gases escapan de nuestro cuerpo en la cama, debajo de la manta), tratan de ponerse en contacto con nosotros para hacernos más evolucionados y sabios. Pero la falta de metano en nuestra atmósfera los vence una vez han solucionado parcialmente nuestras dudas.

Una historia dura y conmovedora, y llena de pequeños héroes azules, pero que nos puede ayudar a conocer nuevos métodos para que los cereales no se ablanden en la leche caliente. Ahora acabo de meter a un voluntario en una cámara estanca que llenaremos de metano sacando todo el oxígeno para poder hablar con ellos; estamos impacientes por el resultado de este experimento…

miércoles 9 de enero de 2008

Capítulo 1º: ¡¡Llamas a mí!!

Clausuro oficialmente este periodo vacacional Hannukah-navideño-festivo, con un texto nacido de la colaboración entre los primos Bibián más “especiales”: Fernando, cofundador (junto a los chinobots) del Pliegue, y un servidor web.
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Entre el País de los Locos y el de los Sabios, la Academia, hay un estrecho y tortuoso camino sembrado de pequeños arbustos que, si tropezamos y caemos sobre ellos nos clavan sus espinas y creemos CONOCER (insert: ruido trompetas y clarines \type: anunciación). En ese mismo instante, cuando por fin logras entender cómo se afeita Superman, cómo logra ducharse (por no decir cómo honrará la memoria de Onán) Unnus el Intocable y quién sería el vencedor en una batalla Hulk vs. Spiderman, tu madre te pregunta si te has caído en la taza del váter.

¿Qué tiene el cuarto de baño para ser tan increíble? ¿Por qué ese libro apestoso e infumable que dejaste por ahí tirado te engancha si lo lees allí? Aún hay una pregunta más desconcertante: ¿cómo es que en el baño no nos importa leernos enterita la propaganda-libro del Ikea? Hemos desarrollado una teoría junto a importantes estudiosos de una Universidad enormemente prestigiosa. Y es que todos estos enigmas quizá sean consecuencia directa de la acción de una raza pre-post-humana que habita en nosotros (como Freddie Mercury o David el Gnomo). Es posible que resulte una hipótesis osada e innovadora, pero los plátanos de canarias tienen manchas y, además, los albañiles llevan zapatillas blancas.

Cuando vamos al baño a saludar al Señor Roca, solemos acompañar nuestro monumento con una serie de gases que has de expulsar porque, si no, suben al cerebro y tienes ideas de mierda: los pedos… ¡¡o eso hemos creído siempre!! Lo que nosotros consideramos pedos quizá no sean más que los exploradores-educadores del micro-cosmos de nuestro organismo, gobernado por los Metinos.

Se trata de una civilización altamente avanzada, cuyo cerebro ha evolucionado tanto que se resignaron a no llevar gorra hace incontables generaciones. Su origen es incierto, nadie tiene muy claro de dónde vinieron, pero las profecías de Chutclu decían claramente “...tãmãnô plãnetã hãiãse €n lõs mãpãs...”, que en lengua romance significa: “El micro planeta en que crecieron y evolucionaron los Metinos fue consumido por el devorador de mundos Galactus sin esperanza para los humanoides de hipertrofiados cerebros. Ante este problema decidieron partir hacia un nuevo mundo dónde pudieran crear un ejército capaz de enfrentarse al devorador de mundos. Para ello, compartirán sus vastos conocimientos con alguna raza inferior y la harán evolucionar hasta que sea apta para la CONTIENDA FINAL.” Esto no es más que una traducción aproximada, claro está.

Si quieren saber más de estos simpáticos hombrecillos, manténganse atentos a sus pantallas hasta que aparezca el segundo capítulo.

domingo 16 de diciembre de 2007

Tripod - Krap Karate

viernes 14 de diciembre de 2007

Pro malis hominibus.

No le faltaba razón al loco de Weimar al despreciar al pueblo. La diferencia entre él y yo, que por desgracia aún conservo cierta cordura, es que le asqueaba todo lo que oliera a plebe, incluso sus más ilustres y nobles descendientes individuales.
Los individuos que se dejan absorver por el grupo acaban aplaudiendo o abucheando sin saber porqué. Convencionalmente, adoptan posturas absurdas y repulsivas, que el pensador, en cuanto individuo, rechaza de plano.
Por suerte o por desgracia, el Homo homini lupus hobbesiano, para lamento de Rousseau, se cumple. Y digo por desgracia porque asímismo también predijo que el Estado serviría para domesticar al lobo. No me malentendáis, no defiendo la misantropía ni la destrucción mutua, lo que ocurre es que estos lobos domesticados se convierten en homines homini homines, si me permitís la expresión, mucho más temibles y de espíritu más rastrero. Solo hay que ver cómo el Lobo se permite la noche, valiente, dispuesto a encontrarse con otros de su especie o cualquier otra; mientras que el Hombre esconde la cabeza hasta que vuelve la luz, y si sale, lo hace con temor y con un puñal escondido bajo la capa.
Si queréis conocer la verdad no preguntéis al carro de Apolo, que se deslumbra a sí mismo, sino a Selene, que se limita a observar, y todo queda en su piel grabado igual que la luminosidad del Astro.
Sí, afirmo que es el pueblo como ente el culpable de las injusticias para con los audaces lobos, que no se temen a sí mismos, ¿acaso hay algo más peligroso?
Los animales integrados en la plebe, da igual si queréis llamarlos ovejas que perros de caza o falderos, tiemblan cuando lo valiente se expresa, cuando algún Lobo trata de mostrarles la verdad: no hay verdad que valga, solo existe el mundo y lo que queramos hacer de él y con él.
Al igual que los ganaderos, los hombres dogmáticos, ya sean de la Iglesia, de la Meca, la Sinagoga o el Estado, a los que los hermanos de Rómulo y Remo llamamos pastores, se guardan bien de que su rebaño no salga del recinto vallado. Les da miedo que vean que lo real es la irrealidad, que solo existe lo que aún no es creado, y lo que existía, inmediatamente ha fenecido. De ahí los infantiles cuentos Ad lupis, y por eso enseñaron a balar a sus corderos.
En el presente, nos encontramos con que aparecen ovejas disfrazadas de lobo, que no hacen más que desprestigiar la imagen de la nobleza, no de sangre sino de espíritu, y como parte del rebaño que son, no pueden más que esconderse en el grupo. Quizá sean las ovejas negras.

Cuando los hube rebasado, una voz, no sabría decir si de la chica o su acompañante, llamó a los demás. Ambas posibilidades me produjeron una inquietud indecible.

El Grito. Óleo, temple y pastel sobre carton, por Edward Munch (1893).

miércoles 12 de diciembre de 2007

Tripod - Comic shop

martes 11 de diciembre de 2007



Ves la nieve blanca y te emocionas. Sabes que yo envío los brillantes copos. Este momento no podía ser corriente. Ambos lo sabemos. Por eso los envío. Nada puede ser igual que antes. No ahora que he muerto.

La Rectoría Jardín en Nuenen en la nieve. Óleo sobre lienzo, por Vincent van Gogh.

En Sevilla.

Era una tarde fresca en Sevilla, impropia del agosto que corría. Colocó el fular al reflejo del escaparate de la librería y marchó con paso firme y bamboleante, como de costumbre, templando la temperatura a su paso y acabando de caldear el ambiente con su dulce fragancia.
La calle Sierpes rebosaba multitudes. La plaza de San Francisco estaba repleta. La zona centro irradiaba un confortable calor humano animado por el agradable clima. Los tenderetes ambulantes apenas dejaban un claro de asfalto o enlosado y Ana coqueteaba con todas las baratijas.


Hace años que se fue. Hace años que me dejó. Hace años que estoy solo.
Apenas sabría describir su rostro. No estoy seguro de recordar el color de su pelo, el color de sus ojos. Hace años que estoy solo.
No conozco ya su voz. No resuena en mi mente ninguna palabra de su agridulce boca. Hace años que estoy solo.
Nada me queda de ella. Solo la pulsera rosa que compró una tarde de verano.

miércoles 5 de diciembre de 2007

Las cosas claras y el chocolate con avellanas.

El otro día, saliendo del metro, camino de la facultad, se me abalanzó un personaje de unos treinta que iba vestido como si acabara de salir de catequesis. Y todo para darme un papelucho, un panfleto político.
Había sido seleccionado, tras una ardua labor de investigación, para recibir una invitación a un mitin político emocionantísimo y todo eso... vamos, el rollo de siempre... Pero una cosa me sorprendió gratamente: Me encanta que me den algo y sepa en seguida, sin ningún resquicio de duda, que no me interesa en absoluto, porque saber qué me interesa es más complicado. Y todo por poner bien claro, desde el principio, con mayúsculas y como título en qué demonios consiste el programa.
El grupo en cuestión se llama, sin más ni más, Unión Progreso y Democracia (UPyD). ¡Qué alegría! Veamos: La unión (desde el punto de vista político) no me importa y me parece falsa. Primer punto que me aburre. No me creo el progreso y no creo que ni siquiera sea útil lo que nos pretenden vender con ese nombre; además los "progres" son unos moñas. Segundo punto. Y por último, democracia... en fin, sin comentarios... Ya sabéis qué opino de esta democracia nuestra y de por qué narices no cerrarán la boca de una vez a los políticos que no dicen más que chorradas... si al menos conocieran a Bakunin... Pues eso, pleno.
Mira qué fácil es hacer feliz a los ciudadanos honrados... o a nosotros incluso.

El loco.

Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844-1900)

¿No oísteis hablar de aquel loco que en pleno día corría por la plaza pública con una linterna encendida, gritando sin cesar: ¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!? Como estaban presentes muchos que no creían en Dios, sus gritos provocaron risa. ¿Se te ha extraviado? -decía uno. ¿Se ha escondido?, ¿tiene miedo de nosotros?, ¿se ha embarcado?, ¿ha emigrado? Y a estas preguntas acompañaban risas en el coro. El loco se encaró con ellos, y clavándoles la mirada, exclamó: "¿Dónde está Dios? Os lo voy a decir. Le hemos matado; vosotros y yo, todos nosotros somos sus asesinos. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo pudimos vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender a la Tierra de la cadena de su sol? ¿Dónde la conducen ahora sus movimientos? ¿A dónde la llevan los nuestros? ¿Es que caemos sin cesar? ¿Vamos hacia delante, hacia atrás, hacia algún lado, erramos en todas direcciones? ¿Hay todavía una arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita? ¿Nos persigue el vacío con su aliento? ¿No sentimos frío? ¿No veis de continuo acercarse la noche, cada vez más cerrada? ¿Necesitamos encender las linternas antes del mediodía? ¿No oís el rumor de los sepultureros que entierran a Dios? ¿No percibimos aún nada de la descomposición divina?... Los dioses también se descomponen. ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros le dimos muerte! ¡Cómo consolarnos, nosotros, asesinos entre los asesinos! Lo más sagrado, lo más poderoso que había hasta ahora en el mundo ha teñido con su sangre nuestro cuchillo. ¿Quién borrará esa mancha de sangre? ¿Qué agua servirá para purificarnos? ¿Qué expiaciones, qué ceremonias sagradas tendremos que inventar? La grandeza de este acto, ¿no es demasiado grande para nosotros? ¿Tendremos que convertirnos en dioses o al menos parecer dignos de los dioses? Jamás hubo acción más grandiosa, y los que nazcan después de nosotros pertenecerán, a causa de ella, a una historia más elevada que lo fue nunca historia alguna." Al llegar a éste punto, calló el loco y volvió a mirar a sus oyentes; también ellos callaron, mirándole con asombro. Luego tiró al suelo la linterna, de modo que se apagó y se hizo pedazos. "Vine demasiado pronto -dijo él entonces-; mi tiempo no es aún llegado. Ese acontecimiento inmenso está todavía en camino, viene andando; mas aún no ha llegado a los oídos de los hombres. Han menester tiempo; lo han menester los actos, hasta después de realizados, para ser vistos y entendidos. Ese acto está todavía más lejos de los hombres que la estrella más lejana. ¡Y sin embargo, ellos lo han ejecutado!" Se añade que el loco penetró el mismo día en muchas iglesias y entonó su Requiem aeternam Deo. Expulsado y preguntado por qué lo hacía, contestaba siempre lo mismo: "¿De qué sirven estas iglesias, si son los sepulcros y los monumentos de Dios?"
Aforismo 125 de La Gaya Ciencia (1882)

martes 4 de diciembre de 2007

Tripod - Song in French

lunes 3 de diciembre de 2007

La Casa

Tras horas de entumecimiento de piernas y vistas de cómo la Tierra giraba llevándose mar, días de playa, de sol, fiesta y diversión, con las copas de la última madrugada todavía bailándole en el en el estómago, entró a media mañana en La Casa. Se encontró en una estancia en la que todo tenía un olor rancio y anticuado, donde, a pesar del tremendo tumulto de todos los clientes que habían entrado en aquel bar de carretera, se intuía cierto silencio, silencio de años, lustros y décadas. Su mirada recorrió cada rincón del variopinto museo de monstruosidades que se desplegaba ante su presencia y no salía de su asombro. Tal era éste que apenas si encontraba un ligero sentimiento de desprecio, asco y repugnancia que hubieran seguido a las visiones que entonces presenciaba en cualquier otra circunstancia. Recorrió con los ojos estanterías donde alternaban alegremente conservas, botes de menestra, aceite de oliva y hasta jamón ibérico con innumerables insignias. Esta alternancia no solo era libre, es decir sin separación entre unos y otras, sino que estos límites estaban hasta tal punto difuminados que le extrañaba que esos símbolos [aquellos que en cualquier circunstancia, excepto aquella, repudiaba] no estuvieran impresos en cada judía, verdura, o gota de aceite en lugar de contentarse con adornar los continentes. Banderas eran convertidas en exclusivas de aquel ambiente que le resultaba amargo y nauseabundo, el mismo en el que, sin embargo, consumía con enorme gusto un bocadillo del mejor jamón del país, aún sabiéndole igualmente, de alguna manera, a pasado, a haber vuelto verdaderamente a otra época muy distinta de la que en aquel momento acontecía; o acaso ya no existía esa “actualidad”; acaso el tiempo se hallaba capturado en alguna de esas botellas grasientas, las cuales no se atrevería a abrir si fuera necesario. Grandiosas aves coronadas de color oscuro gobernaban una ingente cantidad de souvenires, que apenas se encontraban separados de cualquier otro recuerdo que se hubiera podido encontrar en cualquier otra estantería, de cualquier otro antro de camino pero sin el dichoso bicharraco alado.
Daba la sensación de haberse vuelto dicromático todo el universo. Solo dos colores se distinguían en insignias, pines llaveros, polos e incluso servilletas; y la infancia era allí jovialmente dogmatizada por unos parientes que, más que educarles, venían a domesticarles convirtiendo sus inocentes muñecas en pancartas, banderas o estandartes de una cultura (contracultura quizá) ya muerta años ha.
El único lugar en todo el edificio donde podía escapar de aquel vomitivo olor y ambiente en particular eran curiosamente los servicios, donde se encontraba con otro hedor igual de repugnante pero, quizá por su familiaridad, más soportable. Observó con igual atención la estancia en la que se encontraba que la que había dedicado al resto del local, asombrándose del peculiar contraste que suponía: los azulejos eran igual de mugrientos y cutres que los de cualquier otro restaurante para viajeros, tanto los de paredes como los del suelo, y la madera que componía las puertas de los cubículos se pudría de la misma manera que las puertas de todos los lavabos de todas las gasolineras de mejor o peor muerte desperdigadas por aquella carretera. Ni siquiera se libraban de la erosión provocada por bolígrafos y rotuladores clandestinos en sus caras interiores. La única diferencia era lo que estas inscripciones suponían: declaraciones paupérrimas en valentía, valor, estética y utilidad; voces acalladas por el miedo al regreso de un terrible pasado. Criticaban con timidez lo que ocurría una puerta más allá. Puerta que tarde o temprano deberían cruzar, y en cuyo umbral (puede que pendiese sobre éste la espada damoclesiana) apenas se detendrían a pesar de abandonar el único bastión posible en el lugar para sus ideales. Llegado este punto no pudo reprimir una última náusea y se abalanzó sobre el retrete.

Loeches

Después de tanto tiempo tu sonrisa sigue siendo lo mismo. Ha cambiado, es cierto, pero sigue siendo tu sonrisa, sigue siendo bonita y divertida y sigue significando algo para mí. ¡Curioso!
La última vez que estuvimos juntos como el otro día, probablemente, acabáramos embriagados de Nenuco, tapando caras o bebiendo zumo en esos vasos parisinos. Y aunque conseguí dejar la colonia, perdí el juego de mesa y acabé rompiendo mi vaso, siempre encontraba algo que me recordaba a ti.
Nos aferramos ahora al hilo de la infancia. Hemos cambiado pero, después de tanto tiempo, no dejamos de reconocernos cada gesto, excepto aquella noche...
Dices que sigo igual y tú estás preciosa.
Ahora quiero ponerme al día, poco a poco o mucho a mucho, y no quiero volver a perder una de las cosas más hermosas que me quedan de mi niñez, no quiero volver a olvidarme de ti. En el reencuentro me pareció que jamás hubiéramos dejado de estar en contacto, como si, ya de adultos habláramos como niños. Y aun así me cuesta expresarme de esta manera, ¡qué fácil era antes!
Anoche soñé contigo. Volvíamos a estar en tu patio, pero no teniamos cinco y siete años (¡Qué graciosa estabas con ese peto!), sino dieciocho y veinte, como ahora. No recuerdo qué hacíamos pero, sencillamente, disfrutábamos de nuestra pasada y semiolvidada infancia.
¡Cuánto me alegro de seguir pareciendo un niño para que tú sí me reconocieras aquella noche!
¡Después de tanto tiempo!

domingo 2 de diciembre de 2007

Tripod - Ghost Ship

Y mi vida siguió remando. Sin tus velas.

Tempestad de nieve en el mar. Óleo sobre lienzo, por Joseph Mallord William Turner

jueves 29 de noviembre de 2007

La Época de la Comedia.



El ser humano es una criatura verdaderamente despreciable, como atestiguan los medios informativos a diario y como el tiempo va demostrando, eliminando, a su vez, cada pobre duda que pueda quedar en el más remoto rincón de nuestro escaso seso. Eppur si muove. Galileo expresó así su firme convicción en el sistema copernicano, por el cual la Tierra giraba alrededor del Sol, inmediatamente después de haberlo negado ante un tribunal inquisicional. De igual manera, aunque jamás lo reconoceré con un jurado presente, afirmo rotundo que el ser humano, sin embargo, se mueve, cambia.

Tiempo hace ya que Nietzsche escribió: "Estamos todavía en la época de la tragedia, en la época de las morales y religiones. ¿Qué significa la aparición constante de fundadores de religiones y morales [···]? ¿Qué significan tales héroes en semejante escena?" Pues bien, me siento ahora capaz de decir, queridos hermanos, que nos encontramos ya, aunque no de pleno, inmersos en la Época de la Comedia. Bien cierto es que continúa la "aparición constante de fundadores de religiones y morales", pero, ¿alguien escucha ahora a esos iluminados castradores de la vida?¿Acaso vosotros, compañeros míos, no habéis apartado la vista a semejantes esperpentos?

Yo, desde luego, tengo mis oídos demasiado ocupados con felices y bellas músicas e imagenes del presente, así como tristes e igualmente bellas y algunas cosas más pertenecientes al pasado, para preocuparme por escuchar esas lastimosas falacias reconocidas, teorías desoídas y decadentes declaraciones. De lo mismo hablamos, aunque ahora las religiones y morales se hayan disfrazado de política y economía, por ser atuendos más mundanos y menos amenazantes a la "inteligencia" occidental.

Como los judíos que silografiaron la cruz de Cristo, ridiculizamos a los que se erigieran como héroes, como reyes, siendo en realidad absurdos falsarios, máximos exponentes de la décadence y supresores magníficos de las nuances. Son ahora, en su mayoría, los protagonistas clásicos de la Comedia: los "bobos".

Hubo un tiempo en que los Bobos fueron reyes, caudillos, emperadores y generales, pero su obtusidad, estupidez y escasez de miras les ha llevado a donde les correspondía: al centro de nuestros desprecios y burlas. La Ira Divina (exclusiva del dios Bacchus, el dionisiaco) les ha impuesto el más merecido de los castigos, solo siendo nutridas sus filas y huestes con obcecados obtusos como ellos, que se apartan del camino por los Bobos señalado en cuanto alcanzan la "mayoría de edad", como decía el Cabeza Cuadrada de Königsberg, y se atreven a saber, convirtiéndose en perfectos comediantes y rientes vividores.

lunes 26 de noviembre de 2007

Tripod - Gonna make you happy

domingo 25 de noviembre de 2007

Desde Rusia con horror.


Mi infancia, aún cercana, transcurrió en un barrio moscovita. Era un barrio pequeño y familiar, entre la zona industrial y la burguesa. Quizá por eso una piedra rompió mi ventana.

Mi padre, un ex-dirigente de una breve facción del PCUS (el Partido Comunista de la Unión Soviética) que se codeó alguna vez con altísimos mandatarios como Brezniev o Gorbachov, entró en una terrible depresión con la caída del Muro. Si habéis visto Goodbye Lenin, esa peli alemana con aquella banda sonora tan buena del compositor Yann Tiersen, quizá podáis comprender la situación. Es cierto que nos pillaba un poco lejos, pero mi padre lo vio como un terrible y macabro augurio. A pesar de ésto, como buen padre que era, no dejó de llevarme al estadio del Spartak, mi equipo, ningún partido que jugara allí en el Olímpico. Tampoco me perdí una fiesta siquiera por la depresión de mi padre, de hecho, no supe de su afección hasta que dejó de asediarle: cuando murió. Yo tenía trece años y supe, ya entonces, que no podría seguir allí mucho tiempo. Y no lo digo por la horrible situación económica y política. Ni por los asquerosos inviernos rusos que odio con toda mi alma. No, por nada de eso, sino porque esa tierra que hizo enloquecer a mi padre (¿Quién dijo que la culpa la tuviera el Muro?) parecía acecharme maliciosamente para hacerme caer también en la lona mojada de leteo y desquiciamiento. Así llegué aquí. Por eso le pido que me dé trabajo en su tienda.

sábado 24 de noviembre de 2007

Terreno vedado.

El otro día, amigos, quise ir a la Felicidad. Y, ¡no os lo vais a creer! Al llegar a las puertas de las almenadas y grandiosas murallas, me encontré un vetusto y rudo cartel. Podréis imaginar hasta donde llegó mi sorpresa al leer que el lugar estaba "vedado a artistas y soñadores". En realidad, el asombro apenas duró unos instantes, porque enseguida me di cuenta de lo divertido y absurdo de la situación. Era una prohibición completamente inútil, ya que si nos cerraban la puerta delantera, sin duda entraríamos por la trasera. ¿No somos nosotros acaso capaces de regocijarnos en la tristeza? No, por supuesto, de cualquier tristeza, tan solo de aquella tristeza que nosotros conocemos como si hubiera salido de nuestras entrañas. Es más, muchas veces así ocurrió. Es ésta una tristeza pura, de lágrimas limpias, casi sin sal, algo verdaderamente hermoso. ¿No somos eternamente felices nosotros con la belleza, aún cuando ésta venga de la tristeza?

martes 20 de noviembre de 2007

No sé qué ha podido fallar. En qué he podido equivocarme. Era tan hermosa que no pensé que pudiera sangrar. No pensé que pudiera... supiera sufrir, desvanecerse. No creí que pudiera, en fin, morir.

Pasan las horas.



De madrugada.
La luz de la luna truena
y martillea mis tímpanos.
El silbido del viento me
deja ciego con un destello
y la tierra mojada golpea
mi cabeza con su aroma.
Tu recuerdo me mece
en suaves ondas.
En lo más profundo de la noche
mi alma lucha por correr contigo,
desesperada.
El tenue resplandor de tu espíritu
me ensordece.
El dulce de tus labios me aturde,
nubla mis sentidos,
me entorpece.
En la oscuridad más absoluta.


De mañana.
La luz del Sol aumenta
y con ella mis ganas de ti.
Pero esa misma luz me muestra la realidad:
tú no estás aquí,
y yo estoy solo.
En la plenitud del alba
deseo que la noche vuelva
y que el sueño me envuelva
y así poder verte y abrazarte
y al oído susurrarte
que no te vayas nunca más.
En el sombrío amanecer.


De tarde.
Tu recuerdo resplandece,
mi amor por ti prevalece.
En los preámbulos de la noche.
Mi deseo es puro y limpio
y solo quiero verte y besarte
y contra mi pecho apretarte
y no dejarte escapar.
En el luminoso ocaso.

viernes 16 de noviembre de 2007

De qué sirven

De qué sirve mi pelo si no puede enredarse con tu sedoso cabello.
De qué sirven mis oídos si no pueden captar tu voz, melódica y dulce o tu risa, fina y transparente o tu respiración, profunda y cálida.
De qué sirven mis ojos si no puedo observarte cada mañana y mirarte embobado como un simple estúpido, que es lo que soy sin ti.
De qué sirve mi boca si no puede alcanzar tus labios y absorber tu fresco susurro.
De qué sirve si no puede recitarle cantos a tu belleza.
De qué sirven mis piernas si no pueden caminar hasta los pies de tu cama y que mis manos [de qué sirven mis manos] te rocen con una leve caricia y aparten de tu rostro el velo dorado.
De qué sirve mi cuerpo si no puede estrecharse con el tuyo en un abrazo eterno.
De qué sirven mis brazos si no pueden abarcar tu infinito resplandor en tal abrazo.

De qué sirvo yo, amor mío, si no te tengo.

martes 13 de noviembre de 2007

Oscuridad

En una noche vacía
salgo y respiró el aire húmedo
mi alma se alegra de la soledad
y se regocija por mi suerte.
Soy una mota de luz
en la dulce oscuridad
rompiendo la armonía de las tinieblas.
Tinieblas que impiden a la luz
que cubra con su falso velo
la realidad, y la modifique.
La misma luz que hace diferenciar
entre blanco y negro, bello o feo;
pero que enturbia la diferencia entre
lo bueno y lo malo.
¡Quien dice que la luz es buena se engaña!
¡Quien dice que la luz es bella miente!
Yo amo la noche porque solo
en la más profunda oscuridad somos
quien de verdad somos, solo en
la más profunda oscuridad vemos
con el alma y dejamos a un lado
las inútiles apariencias
que entorpecen nuestro espíritu.
Por eso contradigo a Dios:
¡Que se haga la oscuridad!!!!

Leopoldo María Panero (1948)



A las acusaciones de plagio por parte de mi amigo Lorenzo, respondo plagiándolo a él, o al menos al formato de su Cuaderno (para ver más, pinchar en el margen izquierdo "El Cuaderno de Lorenzo").


ARS MAGNA.

Qué es la magia, preguntas
en una habitación a oscuras.
Qué es la nada, preguntas
saliendo de la habitación.
Y qué es un hombre saliendo de la nada
y volviendo solo a la habitación.

UN LOCO TOCADO DE LA MALDICIÓN DEL CIELO.

Un loco tocado de la maldición del cielo
canta humillado en una esquina.
Sus canciones hablan de ángeles y cosas
que cuestan la vida al ojo humano.
La vida se pudre a sus pies como una rosa
y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
una princesa.

LA POESÍA DESTRUYE AL HOMBRE.

La poesía destruye al hombre
mientras los monos saltan de rama en rama
buscándose en vano a sí mismos
en el sacrílego bosque de la vida.
Las palabras destruyen al hombre
¡y las mujeres devoran cráneos con tanta hambre
de vida!
Sólo es hermoso el pájaro cuando muere
destruído por la poesía.

lunes 12 de noviembre de 2007

Subió al autobús una vieja que olía tremendamente a hospital. Es un olor muy desagradable; creo que por eso me llamó la atención aquella mujer.
Es un aroma verdaderamente curioso, porque no es que algo huela mal, como los vertederos, por ejemplo. Es más como si algo hubiera perdido su olor, o mejor, como si se lo hubieran arrebatado. Puede que sea eso lo que nos repugna tanto: que algo haya dejado de oler de una forma descriptible, o al menos definida, como si hubiera dejado de pertenecer al mundo que conocemos y, por tanto, podemos soportar.
Muchas veces me pregunto cómo aguantarán las médicos y los enfermeros; si se acostumbrarán paulatinamente al no-hedor o simplemente lo soportan estoicamente al estar su espíritu iluminado por Asclepio, la divinidad griega también presente en las vidas de Hipócrates o Galeno.
Me parece curioso por todo esto que para publicitar algunos productos femeninos afirmen que “no-huelen”, cuando eso es algo que ya todos conocemos y evitamos.
Bueno, quiero decir que esa mujer casi carecía de olor.
El olor a hospital es muy inhumano, porque todo lo que tiene que ver con los humanos desprende un olor, casi siempre apestoso además.
Por eso, por extraño y despreciable que pueda parecer, me alegré de una manera indecible por lo que ocurrió después: Cuando la vieja bajó del autobús, olía increíble e indudablemente a muerte.

Ha llegado el momento.

Siete de la mañana. Suena el despertador. No puede creer que haya llegado el momento. Se levanta sin prisa, pero ya espabilado: apenas ha dormido por la angustia. Con cuidado, sin hacer ruido, tratando de no despertarla, se acerca a la cómoda antigua que domina el cuarto a recoger su ropa amontonada y se la va poniendo lentamente.

No puede creer que haya llegado el momento.

Siente como una nube plomiza lo envuelve, produciéndole la misma sensación que un escalofrío o acostarse en una cama vacía. La mira. Un mechón dorado le cubre parcialmente la cara, como una nube entorpeciendo la cálida luz del Sol. Está tan hermosa dormida; casi tanto como cuando está despierta. Desearía continuar escuchando su fresca risa y vislumbrando su sonrisa en el atardecer junto al mar, pero…

Apenas dos días antes habría dado lo que fuera, incluso su vida, por seguir a su lado eternamente; y ahora siente una imperiosa necesidad de apartarse de su camino y dejarla ser feliz sin él. Quizá ella lo comprenda algún día, y lo perdone. O quizá no. Seguramente no. Sin embargo, probablemente jamás vuelva a verla. Él lo sabe. Ambos lo saben. Ella debe saberlo.

Refunfuña algo entre sueños y él consigue reprimir una lágrima al verla, como un simple mortal contemplando un ángel benefactor que se va tras cumplir su tarea.

Eternamente le agradecerá haberle convertido, durante la fracción de segundo que ha transcurrido desde que la conoció aquella noche, en el hombre más ilusamente feliz de cuantos ilusamente felices hombres pueblan la tierra.

Se hace tarde y el tren no tardará en salir, pero los últimos minutos resultan ser, como ya esperaba, los más difíciles. Y él desea saborear hasta el último instante el mismo dulce aire que ella respira. La mira por lo que él cree que será el último momento. Podría quedarse horas mirando su rostro bronceado con esa cara de completo imbécil. Y aunque no hay nada que desee más en el mundo, en su interior sabe que debe marcharse, y, aunque no haya nada que desee menos en el mundo, tiene que dejar de verla.

No puede creer que haya llegado el momento.

Un claxon le saca de su ensimismamiento y lo devuelve a la casa en cuya puerta espera el taxi que contrató anoche y que le llevará a la estación. Echa un vistazo a las maletas que dejó ayer en la puerta y se acerca a la cama suspirando, se inclina y la besa suavemente en la frente, saliendo por la puerta justo antes de que una flecha dorada con restos de plomo en las plumas atraviese volando la ventana y se clave violentamente al fondo de la habitación, astillando con fuerza el robusto pino que cubre la pared sobre la que unos instantes antes descansaba el derrotado corazón de Pablo.

viernes 9 de noviembre de 2007

Despedida

Cuando desperté
vi tus ojos
y creí estar soñando.
Me miraste nostálgica
y aparté la vista
y creí estar soñando.
Me besaste suavemente
y te miré fijamente
y creí estar soñando.
Me abrazaste cariñosa
y respiré tu dulce aroma
y creí estar soñando.
Me dijiste que te ibas
y me quedé callado
y deseé estar soñando.

Tus ojos.

Tus ojos. Tus ojos. Tus ojos son... emocionantes. Creo que esa es la mejor palabra para definirlos. Son de un color indescriptible. No sería capaz de explicarlo. Bueno. A lo mejor sí. Son del color de mis sueños. Un color tan maravilloso que ni el mejor pintor quien quiera que fuera (acaso Monet, Manet, o algún otro inspirado francés; acaso el loco desorejado o algún español maño, sevillano o malagueño) llegó a fantasear con pintarlo. Seguramente Dios, si existe, compartirá tu color de ojos. Sólo así entendería cómo ha llegado a despertar tanta fe en el mundo, tanta devoción. La misma que me infundes tú cuando me miran apasionados. Tus ojos.

Tus ojos me hacen soñar. Y pensar. Son como un libro hermoso, muy hermoso, pero escrito en otro idioma. Uno exótico y vivo. De manera que solo aquellos que hayan aprendido a leer en ellos serán capaces de apreciar su verdadera belleza. Menos mal que me apresuré a entender tu lengua.

Tus ojos. Tus ojos. Tus ojos son…

¡Ay! ¡Lo siento! Quedé embobado.

Son como los amuletos. Déjame explicarme. Los amuletos no tendrían el mismo valor si los poseyera una persona distinta a la que, de hecho, los posee. Así son tus ojos. Te pertenecen a ti y, de ese modo, también a mí. Y nada, a mi parecer, les da tanto valor; ya que no sería capaz de escribir más de dos líneas sobre unos ojos que no me pertenecieran, al menos, en potencia. De hecho, cómo sufriría si alguien escribiera sobre estos mis ojos y los tuyos (no te ofendas con esto) más allá de explicar su más llana apariencia. Podrían tratar su color, su forma, su tamaño. Pero ¡ay si intentaran mentir sobre quién es su dueño! Su dueño no puede ser otro que el que más mira por ellos: Yo.

¿A quién le importa?

Nace un niño, muere un viejo, alguien escribe algo y lo plasma en un blog, sin mérito ni significancia aparente. Ninguna de las tres cosas tiene porqué ser relevante en estos tiempos que esprintan. Aunque para alguien pueda suponer algo cada uno de estos hechos, son verdaderamente vacuos.

Respecto a los dos primeros sucesos, unas frases del incombustible Nacho Vegas: "Gente nace y gente muere cada día. Los demás nos limitamos a estorbar."

En cuanto a lo del iluso que revuelve su pluma sobre el pergamino virtual, curiosamente, también se pueden aplicar unas palabras del asturiano, las cuales, de manera igualmente curiosa, son la continuación de la cita antes expresada: "Y jugamos a secretos y mentiras."

A algunos les podrá parecer poco ético, inmoral o simplemente absurdo que declare abiertamente en la primera entrada de mi recién desvirgado blog que a ésto es a lo que me voy a dedicar en este mi libre espacio. Sintiéndolo profundamente (en realidad no lo lamento en absoluto), así es.

No creo que haya nada mejor que jugar a mentir y a decir la verdad. No creo que haya nada mejor que jugar. Y si para eso es necesario obviar y fingir, ¡bienvenidos sean secretos y falsedad!


Estad atentos, si deseáis descubrirme y/o conocerme, a las próximas falacias.


Calurosos/refrescantes saludos.