viernes, 14 de diciembre de 2007

Pro malis hominibus.

No le faltaba razón al loco de Weimar al despreciar al pueblo. La diferencia entre él y yo, que por desgracia aún conservo cierta cordura, es que le asqueaba todo lo que oliera a plebe, incluso sus más ilustres y nobles descendientes individuales.
Los individuos que se dejan absorber por el grupo acaban aplaudiendo o abucheando sin saber porqué. Convencionalmente, adoptan posturas absurdas y repulsivas, que el pensador, en cuanto individuo, rechaza de plano.
Por suerte o por desgracia, el Homo homini lupus hobbesiano, para lamento de Rousseau, se cumple. Y digo por desgracia porque asímismo también predijo que el Estado serviría para domesticar al lobo. No me malentendáis, no defiendo la misantropía ni la destrucción mutua, lo que ocurre es que estos lobos domesticados se convierten en homines homini homines, si me permitís la expresión, mucho más temibles y de espíritu más rastrero. Solo hay que ver cómo el Lobo se permite la noche, valiente, dispuesto a encontrarse con otros de su especie o cualquier otra; mientras que el Hombre esconde la cabeza hasta que vuelve la luz, y si sale, lo hace con temor y con un puñal escondido bajo la capa.
Si queréis conocer la verdad no preguntéis al carro de Apolo, que se deslumbra a sí mismo, sino a Selene, que se limita a observar, y todo queda en su piel grabado igual que la luminosidad del Astro.
Sí, afirmo que es el pueblo como ente el culpable de las injusticias para con los audaces lobos, que no se temen a sí mismos, ¿acaso hay algo más peligroso?
Los animales integrados en la plebe, da igual si queréis llamarlos ovejas que perros de caza o falderos, tiemblan cuando lo valiente se expresa, cuando algún Lobo trata de mostrarles la verdad: no hay verdad que valga, solo existe el mundo y lo que queramos hacer de él y con él.
Al igual que los ganaderos, los hombres dogmáticos, ya sean de la Iglesia, de la Meca, la Sinagoga o el Estado, a los que los hermanos de Rómulo y Remo llamamos pastores, se guardan bien de que su rebaño no salga del recinto vallado. Les da miedo que vean que lo real es la irrealidad, que solo existe lo que aún no es creado, y lo que existía, inmediatamente ha fenecido. De ahí los infantiles cuentos Ad lupis, y por eso enseñaron a balar a sus corderos.
En el presente, nos encontramos con que aparecen ovejas disfrazadas de lobo, que no hacen más que desprestigiar la imagen de la nobleza, no de sangre sino de espíritu, y como parte del rebaño que son, no pueden más que esconderse en el grupo. Quizá sean las ovejas negras.

1 comentario:

elenthir dijo...

Que sesudo te pones....