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lunes, 30 de septiembre de 2013

Ya no me caigo de la cama


Se me ocurrió una interesante metáfora para el paso a la edad adulta y la emancipación. Se me ocurrió narrar que al cambiar la posición de la cama en una habitación la dependencia se disolvía, desaparecía, se esfumaba. Que en casa de los padres uno de los lados de la cama está pegado a una pared. Y te independizas y de repente tienes una gran cama que se junta con la pared por el cabecero. La pérdida del sustento paterno simbolizada en la ausente pared; algo así como un paso más allá de quitarle el último ruedín a la bicicleta, pero quitándole la última pared a la cama. Y así reafirmas tu posición de independencia y te aseguras la posibilidad de elegir cada mañana por qué lado de la cama vas a salir (aunque siempre usarás el mismo). Pero la cuestión es que puedes vivir como te dé la gana y eso hay que celebrarlo.

Entonces charlé con un amigo sobre el libre albedrío y la ilusión de elección, entre otras cosas. Mi amigo no me necesita, ni yo a él. Y sin embargo siempre estamos ahí el uno para el otro. Mi amigo sería un poco como los pies de la cama. No lo usas para dormir y a priori no parece imprescindible, pero se te ofrece constantemente cuando necesitas un lugar donde apoyarte, como cuando te atas los zapatos, recalculas tus últimos movimientos del día recién acabado o ensayas mentalmente por la mañana todos los discursos que deberías declamar en las horas siguientes.

Así que aquí andan las piezas: primero, nuestros padres nos dan dos (ruedas y paredes, en la cuna), dirigen del todo nuestra vida, no tenemos la opción de caer a un lado u otro. Después nos quitan una, pero eso no es una invitación a elegir aún, sino más bien a equivocarnos, y nos caemos unas cuantas veces mientras practicamos para seguir rectos, pero todavía tenemos una red de seguridad. Y cuando más tarde ellos se van y nos dejan dejarles, ahí sí, llega el momento de elegir, que es la forma más cruda y complicada de equivocarse, porque da lo mismo por qué lado caigamos o salgamos de la cama, que nunca habremos acertado.

Se me ocurrió que quizá la metáfora podía ser aprovechada y utilizada a nuestro favor, que igual sería posible alargar la niñez simplemente manteniendo la misma cama. O incluso recuperarla solo con arrimar la cama a la pared. Pero no estoy seguro de saber qué quiere decir la niñez. ¿Inocencia, irresponsabilidad? ¿Novedad, pasión? Bueno, las cuatro cosas se pueden obtener de una buena amante. Hay una quinta cosa algo más difícil de obtener, incluso cuando aún se es niño, y es estar libre de ansia. Y esta es particularmente difícil de obtener de una buena amante.

Da igual cuánto tarde, porque el momento acabará llegando. Pero dormir en una cama con dos lados no es tan fácil como parece. Elegir no es nada sencillo. Más de uno se caerá si no está pegado a la pared. Y los hay que sencillamente ignoran uno de los lados, construyendo un muro imaginario en medio, usando solo una mitad, o no se mueven de su esquina, temiendo que la escasez de puntos de apoyo lleve a la cama a desmoronarse.

Veo que no avanzo, que no sé elegir por qué lado dirigir la escritura. Maldita la interesante metáfora que me ha traído hasta aquí. Escribió Kundera en La Insoportable Levedad del Ser: "Tomás no se daba cuenta en aquella ocasión de que las metáforas son peligrosas. Con las metáforas no se juega. El amor puede surgir de una sola metáfora". Metáfora infame.Yo ya no me caigo de la cama, porque duermo pegado a ti.

lunes, 5 de agosto de 2013

OchoQuince 1x02: Especial Breaking Bad

Esta mañana ha salido el segundo número de esta revista en la que colaboro con un relato llamado White to black (página 44). Todo el número está dedicado a Breaking Bad, cuyo final empieza este día 11. Para leer mi relato no es imprescindible haber seguido la serie, aunque creo que es recomendable.
También participé en el primer número con un artículo (Phil The Human: "Los niños no somos estupidos") y un relato (La Fábrica: Episodio I). La podéis encontrar AQUÍ.

 Hala, hala, a disfrutarla y difundirla.

 Muchas gracias a @jesusvs_txetxu y a @sickmonkeys por haberme incluido en su proyecto.

 www.ochoquincemag.com

lunes, 1 de abril de 2013

Juntar los puntos

Me apellido Gallardo. Al describir a un nuevo personaje es ideal comportarse como el que diseña pasatiempos. Más concretamente, como el que distribuye unos puntos ataviados con unos números que señalan un orden. Solo escribo de Pascuas a Ramos, pero en esos periodos de inactividad me da tiempo a descubrir alguna que otra cosa sobre la escritura. En ocasiones ese descubrir se confunde con crear, pero nunca sé hasta qué punto no estamos recuperando una idea que a alguien se le ocurrió, aunque no la expresara. Consiste en indicar vagamente unos vértices del personaje, ciertos rasgos que lo definan, pero teniendo en cuenta que quizá sea un niño quien lo resuelva, y aun así deberá ser reconocible. Tantos y tantos miles de millones de personas han existido, tantísimos años han vivido, y cada uno con su lengua incansable, articulando sin parar una sílaba tras otra, en diferentes idiomas quizá; por eso, ¿cuántas combinaciones de palabras quedan aún inexploradas y vírgenes? La hermana de mi padre se casó con el señor Buendía, pero no era familiar de Aureliano, ya lo he comprobado. Muchos se limitarán a empuñar un bolígrafo y con líneas rectas y firmes unir el [·1 -Sus manos eran fuertes, como las de un estibador, grandes y rugosas, como el casco de un viejo barco] con el [·2 -El pasado de bailarina forjó en sus ojos unas armas de mujer que no conocieron jamás el desgaste y siempre brillaron en las batallas], y éste con el [·3 -Solo a los niños y a los borrachos les permitía ver la belleza de sus manos y la furia de sus ojos, después de toda una vida dedicada a otras vidas]. Y así sucesivamente, con su bolígrafo fuertemente asido, marcando la hoja y también las posteriores. Otros esbozarán a lápiz con suavidad y luego adornarán tus guías con sus propias aportaciones e incluso recurrirán a un retrato para reconocer aún más a un ser querido o ya imaginado por ellos, reinventado, redibujado y readornado. Y recurrente. Mi primo se llama José, pero José a secas. Ni José Aureliano, ni José Arcadio, ni tampoco Aureliano José, por supuesto. Así que las iniciales de mi primo son J.B., como el whisky. Y a un labrador negro que compraron, su hermano lo llamó Cardhu, aunque los demás lo llamaban como a mí. Si un millón de monos no tiene apenas posibilidades de recrear un Shakespeare, ¿qué opciones tengo yo, que solo soy un hombre, de Inventar una frase completamente nueva? Una frase que jamás se haya escrito, dicho, o pensado, susurrado, soñado, cantado, representado o articulado. Una, en fin, que nunca se haya generado. Virgen, como decía antes. A veces escribo con música, o con la televisión puesta, de fondo, y a veces con una copa a mano derecha, esta noche de ginebra. Acaba de terminar La Huella, con Michael Caine, es decir M.C. Coprotagonizada por J.L. y dirigida por K.B. Me gusta más que la versión de los 70, en la que M.C. interpreta al joven. 

Los rasgos físicos a veces ayudan a conocer por dentro un personaje, pero tiene mucha importancia el cómo se dan esos datos. Por ejemplo, no sería lo mismo decir de mí que tengo los ojos marrones o pardos, o que soy razonablemente alto o anormalmente estirado. Alguien podría escribir que soy patizambo o en su lugar mencionar una ligera cojera, o incluso ignorar o no un tic que inquieta la comisura izquierda de mis labios y que por ello siempre bebo mi copa, esta noche de ginebra, por el lado derecho.

lunes, 14 de enero de 2013

Si solo hay uno

-¿Cuántos te quiero se pueden decir en una vida?
-¿De verdad? Yo creo que sólo uno.
-¿Y qué son los demás?
-¡Qué sé yo! Puede que la expresión de un deseo: "Quiero quererte". Puede que simplemente sea mentira. O un intento de recuperar el te quiero que ya se ha dicho. Quizá se crea que es de verdad, pero que en realidad no lo sea; Decir te quiero es cómo soñar: Jamás estás seguro de que sea real pero puedes llegar a darte cuenta de que nunca lo fue.
 -Si estás en lo cierto, creo que no quiero pensar que ya he dicho mi te quiero. Debe ser muy triste eso. No quiero vivir sin poder decir te quiero nunca más. O sin pensarlo de verdad, o sin tenerlo claro.
-Yo solo lo diré cuando esté clarísimo. Y para eso tardaré todo el tiempo posible. Así SABRÉ que es el único. Incluso, si llega el caso, quiero decírselo a la vida cuando la muerte venga a buscarme.
-¿Y si para entonces tu vida soy yo?
-Entonces besando tus labios te diré te quiero y mirando tus ojos te diré adiós y desearé que me recuerdes aunque ya no importe.

lunes, 14 de noviembre de 2011

La caja de música

La llama de una alta vela baila al son de los silbidos que por una rendija toca el viento que sabe a sal y relente. La sinuosa y semierótica danza es contagiosa y las sombras de cada instrumento y cachivache se proyectan en la pared entonando una orgía chinesca protagonizada por la silueta del farero, que se dedica a sacar de la mano a todas las demás sombras hasta la pista de baile. Si se pierde de vista la pared, el enorme y tosco cuerpo del farero se impone entre el entorno inmóvil. Y cuando él levanta la mirada del periódico y la pasea por el cuarto, la inquietante hiperactividad de los bailarines le recorre la espalda agarrada a un escalofrío, como el que sentiría un niño bajando las escaleras de un sótano mientras una caja de música se hace oír desde la oscuridad. Pero el niño, que no tiene más remedio que continuar, trata de acallar el terror tarareando una canción que conoce. Y el volumen de la cajita, de reborde de porcelana, sube y sube cuando el niño se tapa los oídos con las palmas de las manos enfundadas en las mangas del pijama, hasta hacerse ensordecedor y elocuentemente chirriante. Es posible que el farero tema lo que rodea a su amado faro. Pero quizá lo que teme es la propia figura amenazante y malvadamente majestuosa que con un ojo de luz otea el horizonte en busca de barcos extraviados que atraer hacia sí como una titánica y muda sirena. Siempre ve el faro coronado de fieras nubes negras. Y el temor se convierte en odio y viceversa y solo queda la opción de no separarse de una condena autoimpuesta a modo de terapia de choque. Espera curarse tarde o temprano. Y el día que coge esas escaleras camino del exterior, silba una tonada nostálgica como todas las que conoce, intentando silenciar la diabólica caja de música que quiebra la oscuridad allá abajo.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Funambulista

Desde pequeño siempre supo que un día pondría sus pies sobre la cuerda. En la tierna niñez ya practicaba siguiendo las líneas que separan las baldosas del suelo o manteniendo el equilibrio en los ladrillos del borde de la acera. El día que se vio subiendo la escalera hasta casi rozar la lona de la carpa es el que recuerda como el momento en que empezó verdaderamente su vida.

El funambulista necesita su trayecto. El primer paso que dio tuvo un poco de miedo a las alturas. Algo inevitable. Pero volver atrás hasta levantarse sobre un material más firme no era una opción. No ahora que sabía lo que era estar suspendido a 23 metros en el Cielo.

Se siente a gusto y avanza saboreando cada sustancia que sus músculos queman concentrados en completar cada paso. Cada uno tiene una vida que aprovechar y por supuesto que se pueden tomar otros caminos, pero nunca es lo mismo. Y él disfruta cada instante que siente y sabe que está viviendo la vida que le corresponde.

No es cuestión de destino. Es mucho más que eso. Es cuestión de voluntad. Y de deseo. Los hados tienen poca mano aquí.

Sabe que el suelo está ahí abajo. Es algo inevitable. Y se acuerda de muchos otros que no han podido evitar besarlo. Pero él sabe que es diferente a ellos e incluso siente que la cuerda bajo sus pies no es como las demás cuerdas del mundo. Y confía que eso sea suficiente. Porque bajar no es una opción, ni tampoco retroceder. Y aunque fuera una opción tampoco importaría, porque es cuestión de deseo y de voluntad. A veces no puede evitar mirar al suelo, claro, y teme y los siguientes pasos suelen ser un poco más difíciles que los anteriores, pero no cabe otra posibilidad y su entereza aumenta con cada sobresalto.

Y disfruta cada instante que confía porque la conjunción entre él y la cuerda es prácticamente perfecta. El nexo entre sus pies descalzos y el tenso tejido parece forjado en una fragua mágica. Y a veces recuerda a Hefesto y lo fuerte que fue su caída desde el Olimpo. Pero confía en que ser diferente sea suficiente.

10 de Marzo de 2011

jueves, 27 de octubre de 2011

El orgasmo de los franceses

Haciendo caso a alguna gente importante subo este texto aunque un folio de extensión me parezca mucho para el blog.


Cómo se puede uno levantar cada mañana sabiendo que le queda mucho menos tiempo del que ha vivido. Con una siseante y gran s mayúscula comienza ese “Sabiendo que el ecuador de la vida de uno ya ha quedado muy atrás”. El otro razonamiento es cómo acostarse cada noche Sabiendo que te queda mucho menos tiempo del que has vivido. Pero esa euforia malsana, ese furor de actividad que te incita a mantenerte constantemente ocupado incluso en cosas que nunca te han importado ni quisiste que te importaran, como mantener bien barnizadas las butacas del porche, ese ansia de movimiento acaba pasando y cae por su propio peso, cuando queda claro que es absolutamente inútil intentar frenar el tiempo a base de acumular obstáculos entre los relojes y tú. No funciona así. Es cierto que un joven de, qué se yo, veintinueve o treinta años, puede cruzar un día con prisa la calle y quedar con sus sesos repartidos entre el suelo y el parachoques de un BMW sedán, con un niñato de piloto y una rubia de portentosos parachoques a su lado, que se pasa el dorso de la mano por la comisura derecha de los carnosos labios carmesí, y los abre mientras su atrofiado cerebro busca las sonidos que articulan un gritito histérico. Todo puede pasar. Pero una vez tienes la certeza de que la Señora Muerte avanza con paso firme hacia el cabecero de tu cama te suceden dos cosas: duermes con un ojo abierto y envidias esas muertes inconscientes, mucho más rápidas que el ojo humano y mucho más de lo que una rubia tonta, por lo general no verdaderamente rubia pero sí condenadamente tonta, tardaría en protagonizar un hipotético episodio de crisis nerviosa.

No hay gran cosa. No hay gran cosa en mi bolsillo, ni en mi cuarto y, lo más triste, no hay gran cosa en mi diario. Por suerte no hay gran cosa en mi agenda telefónica que pueda lamentar eso, que no hay gran cosa. Huelga decir que todo ello es culpa mía. Bueno, quizá no huelga tanto cuando la gente se empeña en demostrar que sus desgracias son culpa de otros. Es cierto que no he tenido excesiva suerte, pero solo alguien que hubiera nacido con un puñetero boleto de lotería premiado bajo el brazo habría conseguido llevar una buena vida con la manera en la que me he tomado mi existencia. Y no me refiero al dinero. Me refiero a todo menos al dinero. Quiero decir que quizá haya algún gilipollas que actuando como yo le haya ido bien, pero por cada uno de ellos debe haber un millón que andan igual de podridos por dentro y por fuera que yo. Y sin embargo, aun sabiendo que nos hemos tratado tan fatal el uno al otro, me aferro a la vida, porque no queda otra, porque puede que llegue el día en que me canse definitivamente de luchar, pero no creo que adelante a la Señora Muerte ahora que ella está tan cerca, mucho tendría que correr.

Si alguien se pregunta por qué la llamo Señora Muerte le explicaré que somos viejos conocidos. Yo no soy tan viejo como ella pero me conservo peor, así que casi empatamos. De hecho hay momentos en los que hemos llegado a tener una estrecha relación y por ella acabé renunciando a alguna de esas cosas de las que no tengo gran cosa. En una ocasión, de joven, leí una novela. No fue la única, claro, pero la traigo aquí porque la acabo de recordar y porque viene a cuento. En ella el protagonista era un romántico vagabundo y vagaba por ahí enamorándose sin parar de mujeres, una tras otra. Unas le dejaban a él y otras le aburrían insoportablemente hasta que él se convencía de que no podía querer por caridad. Al final del libro pasaba algo, que no voy a contar por si alguien lo quisiera leer, que le hacía llegar a la terrible conclusión de que la Señora Muerte (aunque él no la llamaba así) es la amante definitiva. Decía que la Señora Muerte es la verdadera media naranja, a la que se puede tardar mucho tiempo en conocer pero siempre acaba por llegar y hace que lo dejes todo por ella. Y si lo piensas, aunque esto no es una reflexión mía puesto que ya lo decía el autor (o el protagonista o el narrador o lo que fuera), es una conclusión casi tan tranquilizadora como terrible, porque al fin y al cabo es algo muy parecido al amor puro y, ¿acaso los franceses no llaman petite mort al momento cumbre del amor? Así que al menos queda la certeza de que todo el mundo será correspondido en su momento, incluso así, y esto sí que es reflexión mía, cobra sentido por qué “siempre se van los mejores” antes de tiempo. Será que son más fáciles de amar. A mí, en cambio, me mata la espera, porque soy consciente de ella, y quizá, ahora que lo pienso, aquella novela me dejó marcado. Quizá por ese símil nunca me dejé amar. Igual es que me tomé demasiado en serio el orgasmo francés.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Opus postremum

Me he llenado de lejía para estar más blanco y he engullido detergentes para que sea transparente mi piel y me he inyectado tinta en vena para que se pueda leer en los capilares mis últimas frases, sinceramente sentidas, pero no necesariamente ciertas. Con el cabello resultante de raparme la cabeza coserán mi espalda y en grandes letras con fuerte contraste se leerá el título de mi única novela, póstuma. Donaré mis ojos para ser leído.

domingo, 23 de enero de 2011

Desajuste

Cuando me desperté nada estaba en su sitio. Veía desde la cama el intenso desajuste que se había producido durante mi sueño. Un francotirador sembraba el caos disparando facturas en un centro comercial. Ese era mi sueño. Yo era el héroe que vendía en negro. De vuelta al cuarto nada estaba en su sitio. El reflejo de la habitación en el espejo del cuarto de baño parecía mucho más políticamente correcto. Yo no me moví ni un centímetro de donde estaba, por si aparecían de golpe los SWAT y los GEOs y el ejército para acordonar la zona y buscar pruebas. Sentí cierta angustia al pensar en el papeleo y en que nunca nadie tiene un inventario de lo que guarda en casa. Un recorte de periódico del día en que la RAE modificó la entrada de “almóndiga” y otro en el que el Gobierno designó a Eugenio para el Ministerio de Fomento. Una pelusa de un llavero de tela que se deshilachó y se le cayó la cabeza al cocodrilo y un envoltorio de chicle de menta de Happydent, o de clorofila, demonios, ¿cómo estar seguro? Lo más probable es que nada estuviera en su sitio.

Entonces me di la vuelta y te vi y lo recordé todo al instante y me abracé a tu espalda y besé un poco tu cuello intentando que te despertaras pero que no fuera por mi culpa y por no querer molestar me quedé dormido de nuevo y ahora era yo el francotirador que desencadenaba el pánico disparando libros de bolsillo en un centro comercial.

viernes, 14 de enero de 2011

Puro vivir

Me ha contado un amigo muy amigo que el otro día vio a un niño y una niña paseando por la calle. Las condiciones de sus piernas les hacían ir despacio, cogidos de la mano, caminando uno muy cerca del otro y mirándose a los ojos cada vez que cruzaban alguna palabra. Esperaban pacientemente en los semáforos para peatones en rojo y cada vez que uno de los dos se quedaba embobado mirando algo, apretaba con suavidad en su puño los dedos del otro. Eran puro compartir. Eran puro soñar. Eran puro vivir.

Me ha contado un amigo muy amigo que el otro día vio a un anciano y una anciana paseando por la calle. Las condiciones de sus piernas les hacían ir despacio, cogidos de la mano, caminando uno muy cerca del otro y mirándose a los ojos cada vez que cruzaban alguna palabra. Esperaban pacientemente en los semáforos para peatones en rojo y cada vez que uno de los dos se quedaba embobado mirando algo, apretaba con suavidad en su puño los dedos del otro. Eran puro compartir. Eran puro soñar. Eran puro vivir.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Madrid lluvioso

Un nuevo relato disponible para leer online. Madrid lluvioso.

"Levanta más el pie izquierdo que el derecho por una lesión de hace siglos. Tiene mucho cuidado de no pisar las líneas del suelo y evita las zonas pintadas para no resbalar."

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Feliz Navidad

Aquí os traigo un cuento a propósito de estas fechas tan señaladas. Sueño de una noche de invierno

lunes, 20 de diciembre de 2010

Amelia

Nuevo Relato para descargar en mi blog NachoBibián, en la página TEXTOS PARA DESCARGAR.


"Amelia, espera sentada. Miras en tu salón el televisor esperando al hombre que te saque de casa, que te lleve a bailar, que te invite a una cena y que te bese en la puerta. Y hasta mañana, eso sí, que eres una señora. [···]"

jueves, 16 de diciembre de 2010

Pies de bailarina

Aquel cuadro estaba tan naturalmente impreso en mi pasado desde niño que nunca llegué a plantearme si me gustaba o no. Estaba tan vislumbrado por el rabillo del ojo que jamás lo juzgué. Lo quería porque lo conocía. Nada más.

Cuando se lo enseñé a ella por primera vez, escaleras abajo hacia el sótano de casa, forzó una sonrisa y dijo "No está mal". No me engañó, por supuesto, y su rechazo hizo que me planteara hasta qué punto conocía ese cuadro. Recuerdo que conseguía evocar unos pies de bailarina bastante tenues sobre un perfilado teclado de piano. Quiero decir que me quedaba en el contenido, porque no era capaz de precisar el color, la forma, el tipo de trazo y ni siquiera la clase de pintura con la que habría sido pintado. Es cierto que la metáfora me parecía interesante: el delicado ballet acariciando la recta dentadura color marfil de la música; pero yo, que desde bien temprano en mi desarrollo empecé a situar la forma sobre el fondo, no había absorbido ni un solo matiz de la forma de aquella imagen que creía tan familiar.

Decirle abiertamente que me había hecho casi aborrecer un objeto otrora tan querido me parecía una capitulación demasiado vulgar, así que cada vez que salía a colación, defendía el cuadro de los pies de bailarina a capa y espada. En una ocasión llegué a morderla en el hombro, incluso. Y lo peor era que lo único que ella había hecho era abrirme los ojos a una realidad que ya estaba allí. Que mi casi aborrecimiento llegaba muchos años tarde. Y no soporto la impuntualidad.

Sin embargo ahora, aunque sigo casi aborreciendo el metafóricamente interesante cuadro de los pies de bailarina sobre el melodioso blanco y negro, ahora tengo ganas de verlo. Y es que hoy, sin ruido, sus pies de bailarina se han posado sobre los míos y, silenciada por los calcetines, la música ha empezado a sonar en nuestras cabezas calladas, mientras torpemente danzábamos por la habitación muda en un estrecho abrazo. En esta ocasión he llegado a morderla en el hombro, incluso. De repente la metáfora me ha valido la pena pese a la impericia del pintor. Creo que ya sé por qué me fue siempre tan familiar. Al fin he descubierto a quién pertenecen los pies de bailarina y ya nunca podré olvidarlo.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Música en día de diario

En el metro aquel buen hombre empezó a tocar su acordeón con la mirada entornada y con un aire extasiado impreso en el rostro. Con una sonrisa tan sincera, tan plena, que a los viajeros se les antojaba demasiado solícita, como agresiva. Más bien exhibicionista y hasta soez. Mientras, los ojos, que participaban concienzudamente en la sonrisa, vigilaban cada uno de las fachadas de lado a lado del vagón en busca de gestos de aprobación. Quizá fuera eso lo que violentaba a los viajeros. O quizá que el método para conseguir esos gestos era tan inquisitivo que el buen hombre se volcaba encima de los que leían y se arrimaba a las parejas que se apoyaban el uno en el otro y el otro en el uno. En una ocasión incluso introdujo la cara entre dos viajeros que conversaban de pie. Yo me quede mirándole impasible y orgulloso, como retándole a sostenerme la mirada o instándole a seguir con su buen talante frente a mí. En un momento me estaba observando. Disimulaba, pero yo lo noté. Era un buen actor y su camino apenas pareció perturbarse. Algunos hubieran podido decir que no existía nada premeditado en el trayecto por el que sus pies le dirigían e incluso muchos otros asegurarían que su vaivén, su insolente manera de otear el horizonta del vagón y su dubitativo itinerario eran más producido por un consumo bastante indiscriminado de alcohol que de su propia personalidad. Pero el no dejó de mirarme hasta que de un buen puñetazo en la cara, hice que sus morros encontraran el sonoro y ahora ensangrentado suelo.

miércoles, 21 de abril de 2010

Con nombre y apellidos

De entrada, no diré mi nombre. No quiero que el peculiar carácter del nombre que mis padres en mal día decidieron otorgarme les dé pie para un prejuicio que pueda ir en mi contra. Huelga decir que me habría gustado figurar en el registro con unos apellidos más vulgares, menos elocuentes, pero de nada vale desear una ascendencia diferente a la que en realidad se tiene. No tiene sentido, pues sin unos padres como los míos mis razonamientos serían también distintos y puede que estos dilemas no cupieran en mi mente.

En el momento de los hechos, mi nombre de pila y mi primer apellido rebotaban continuamente entre mis oídos, saliendo de su garganta flamígera. Creo que eso supuso el principal detonante. En primer lugar, como casi siempre, mi nombre de pila, absolutamente concluyente, tan definitivo que jamás tuve oportunidad de desafiarlo; el primero que me ató. Enseguida, el apellido de mi padre, el que también blandió mi abuelo en la Guerra de Vayan-ustedes-a-saber, la primera de todas las losas que pesaban sobre cada uno de los frutos de nuestro árbol genealógico y que ni mis hermanos, ni mis primos por línea paterna, ni yo mismo, hemos conseguido llenar en grado alguno. La segunda de las losas es el pérfido apellido de mi madre, pero ésa es otra historia.

Como decía, mi abuelo presumió a diestro y siniestro del apellido de su abuelo, que no era meritorio de por sí sino por los éxitos y virtudes del abuelo de aquél, es decir, mi retatarabuelo, o poco menos. Con tanta solera no es de extrañar que el paladar detecte tintes caducos y de antaño al articular la lengua mi primer apellido. Me impidió por completo durante toda mi existencia el adoptar el espíritu de un hombre moderno, como el que debiera ser en los tiempos que corren.

Ello se sumó a mi nombre. ¿Qué tenebroso embrujo llevó a mi madre a elegir para mí tal palabra y a mi padre a consentirlo? Muchas noches he gastado pensando cómo pudo acabar en una pobre criatura -como era yo al nacer, no ahora-, el nombre de un personaje histórico de unos valores tan marcados y con un pasado tan escasamente aclaratorio.

En numerosísimas ocasiones traté de ganarme un apelativo que pudiera definirme de otro modo. Amigos, parejas románticas, incluso adversarios y enemigos. De todos ellos trate de captar alguna forma de llamarme que cumpliera un solo requisito: no ser mi nombre. Pero todo fue en vano. Y entonces sus fauces clamando una y otra vez. ¿Qué podía hacer yo? No quería que siguiera pronunciando esas pocas sílabas que habían bastado para condenarme. Traté por todos los medios de hacer variar los sonidos que salían de su boca hasta que logré dar con el definitivo.

En realidad, si he de ser sincero, sí, lo afirmo: de haberme llamado de otro modo, jamás hubiera estrangulado su figura.

martes, 15 de diciembre de 2009

Al encuentro del mar

Los miro a ellos, a todos. Me siento como un niño delante de un terrario, viendo un número ingente de hormigas prácticamente iguales, que si se fijara con mayor detenimiento en cada una de ellas vería que se pueden distinguir, pero que no vale la pena, porque son suficientemente parecidas como para que ni ellas mismas traten de distinguirse. Quizá porque les da lo mismo. Este niño mira como estas hormigas no encuentran ninguna dificultad para unirse en parejas, no parece conllevarles ningún problema importante. Basta con una atracción física que con el tiempo desencadene una reacción sentimental y sirva para satisfacer mutuamente apetitos poco exigentes. Claro, que esto también lo vio Woody Allen en Annie Hall. Las hormigas solo precisan una chispa entre sus cuerpos de paja seca, que se encienden sin que tenga que mediar ninguna de esas pastillitas blancas para barbacoas, aunque sí, a veces, algo de alcohol. Arden hasta que, inevitablemente, sus cuerpos combustibles se consumen y con ellos poco a poco la relación. O al menos la llama. Con suerte, tras muchos años, quedarán cenizas medianamente calientes.

Sus relaciones también son como la piedra (ni siquiera canto) que cae ladera abajo. No precisa más que de un golpe o movimiento casual allá arriba para desprenderse y precipitarse hasta que encuentre un freno. Como mucho, empujará a otras piedras por el camino y alguien con ganas podrá seguir el ligero surco que haya dejado al rodar.

No me sirve, me parece muy poco. “¿Arder, rodar, te parece poco?”, diréis. Sí, aspiro a más. Aspiro a hundirme. A ser un río que no solo forma un surco a su paso, sino que se lleva consigo lo más preciado que pueda encontrar. Así espero que mi amor se nutra de materiales de todos los niveles y alturas de la montaña, desde la cumbre, donde la corriente es más fuerte, hasta el plácido pie, pasando por tu falda. Y todos los pedacitos de tus montañas que consiga quedarme y hacer míos los guardaré con celo en una fosa marina tan profunda como imposible de cubrir. La más profunda que conozco. Allí espero que permanezcan tus pedazos, allí donde un día habré de morir.

Pero antes me aseguraré de haber recorrido toda tu geografía en una caricia húmeda y algo brusca, como un escalofrío. Desde tu cuello a las suaves cumbres, y si encuentro caliza y me dejas, también por dentro de la falda, trataré de hacer galerías para llegar al centro, al corazón de la montaña. Pienso hacer tantas bóvedas como sea posible y llenar cada hueco y quizá lograr que toda la majestuosa montaña te estremezcas, evitando el peligro de derrumbe.

Y si por algo decides que mi prisión y tumba deben ser tus profundidades, heme aquí resignado. No conozco muerte más digna.

viernes, 20 de noviembre de 2009

¡Silencio, silencio! ¡Aquí yace la Esperanza!

-Acércate, querida, ¿me oyes? Ya ni sé lo que digo. ¿Cuánto queda para que vengan los niños del colegio? Mis hijitos, ay. Oye, hoy que vengan directamente, que quiero verlos, que no se queden con los hijos del vecino, los del Guardia. Pero, ¿por qué lloras, chica?

Esperanza está mala. No se acuerda de las cosas, a veces, y otras, cree en cosas que ya no son, pero que sí eran. Pero eran hace muchos años. A su lado, junto al sillón, frente al televisor, Sonsoles. Ahora no la recuerda, cree que es de la familia, pero le da pudor reconocer que no está segura y no dice nada al respecto.

-¿Mis hijos van a venir o qué? Ay, chica, que la niña viene más, pero el otro… ¿Cómo era?

-José Ignacio.

-Ay, sí. José Ignacio, mi Chacho. ¿Dónde está? Estará trabajando, claro. Los policías trabajan mucho. Ay, mi Chacho, ¡qué orgullosa estoy!

Iñaki, no José Ignacio, no está trabajando. Hace mucho que salió de la Ertzaintza para fugarse a Francia. A Bayona o algo así. Sonsoles sí que se acuerda, claro.

-Sí, Esperanza, sí. Tu hijo, un bendito.

-Pero, ¿por qué lloras, chica? ¿Tú también lo quieres mucho? ¿Es eso, eh, chica?

-Soy Sonsoles, Esperanza.

-Ya lo sé, boba, ya. Que no estoy mal de la cabeza, chica.

Lo ha dicho sin mucha convicción, por la cara de Sonsoles, más que por otra cosa.

-¿En qué piensas, chica?

-En nada.

Es mentira, claro. Sonsoles piensa en Esperanza, la pobre, que siempre renegó de lo que su hijo hizo después de abandonar la Policía pero se resistió a renegar de su hijo. Piensa en todas las horas que debió pasar sentada en un coche para visitar a su Chacho, al que siempre encarcelaban muy lejos de casa, cuando aún recordaba las cosas, antes de que llegara esta enfermedad que a Sonsoles se le antoja un regalo del cielo, por muy duro que suene. Por muy duro que suene y por mucho que rece por ella y por que se cure, no puede evitar pensar, a veces, que esta enfermedad es un regalo que el cielo ha enviado a Esperanza, para que no termine su vida sabiendo en qué se ha convertido su hijo, el mismo que tantas alegrías le dio cuando era joven. Que hasta le dieron una condecoración, en Madrid, hace ahora unos cien años.

-En algo estarás pensando, boba.

En lo que seguro no está pensando es en Iñaki. Seguro que no. Y tampoco en su marido. Ni en su cadáver tampoco, acribillado, tirado frente a la puerta de la casa hace ahora unos cien años.

-Mira que eres boba. Pero, ¿por qué lloras, chica?

-Por que sí. Por nada.

-No seré yo la que está tan mal de la cabeza, entonces.

Esperanza Chaos muere el 27 de enero de 2007, a los 83 años de edad, tras año y medio de dependencia producida por el Alzheimer y soportada por Sonsoles, viuda de Herrera, un militar finado por ETA en 1977. Por causa de sus hijos, Esperanza comparte un doble nexo con Sonsoles. El primero representado en el anillo que une a Altamira, su hija, con el hijo de ella. Son consuegras. El segundo nexo se constituye por otro familiar de cada una de ellas. Una víctima y un verdugo. El esposo de la otra y el hijo de la una, respectivamente: José María Herrera y José Ignacio De Juana Chaos.

[Es un chorri-reportaje que tuve que hacer para una asignatura de la carrera y yo qué sé... Es muy mierdoso como reportaje pero a mí me gusta. Está publicado tb en mi blog de la asignatura: Punto Crítico.]

miércoles, 24 de junio de 2009

De cómo G conoció a M

Gritos, sangre y ruido. Mucho ruido. Gritos ajenos, resonando en las paredes blancas llenas de dedos negros, en las esquinas sobre todo.
Sangre ajena, roja y abundante, y en las manos de G. Y una gota de sudor baja en tobogán por un escaso mechón de pelo rubio, choca contra un cristal para miopía y se hace mil pedazos. Y plas plas plas, las zapatillas de G esta vez, no son ajenas, corriendo de clase en clase. Y pum pum pum. Y el gatillo clic. Y las bofetadas plaf. Y G sigue: correr, abofetear, gatillear.
Y más gritos, más sangre, más ruido. Mucha sangre. Incluso sus propios gritos, su sangre, sus plas plas, le son ahora ajenos. Y plas, pum, clic.

Chic chic chic, M golpea el teclado buscando esa infame nota que se escurre entre sus dedos y piticlín una ventana se abre, G dice quiero verte, M dice que sea pronto y un avión trae a G al día siguiente y G y M son felices, sobre todo M, y H crece y crece.

M quizá nunca sepa lo que hizo G antes de venir y tener a H, aunque lloró mucho boquiabierta viendo ese reportaje sobre un instituto americano. Y gritó. Y sangre y ruido. Pero aún sabiéndolo seguramente no hará nada y seguirá feliz. Y siempre tendrá una niñera a la que llamar.

viernes, 29 de mayo de 2009

Semenario

Y Cardenal, al día siguiente, llegó a aquel colegio y vio saliendo de la capilla a Niño, con pasos cortos y rápidos, seguido por Cura, con pasos cortos y rápidos. Y Cristo en la pared lloraba, pero nadie le veía, que estaba castigado, de espaldas.

Y Cardenal paró a Niño, orgulloso de servir de ejemplo, supongo.

-Y tú, pequeño, ¿quieres ser sacerdote de mayor?

Niño miró a Cura.

-¿Yo? ¿De mayor? Yo quiero ser aborto.