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martes, 16 de diciembre de 2008

El final de la asombrosa historia del granjero Howard y sus amigos. 2º capítulo. 2ª parte.

Cuando llegó a la academia "Paratolis" algo le sorprendió. Él era un hombre muy astuto, observador y perspicaz, y a primera vista se dio cuenta de que tenía las gafas sucias y de que en la entrada de la academia había un letrero que no había visto jamás de los jamases en el que se encontraban escritas unas frases en un idioma híbrido del suahili, el arameo y el bretón, lo cual no importó, ya que no tenía ni puta idea de leer. Le habría dado igual que estuviese escrito en Esperanto.

Su entrada en clase fue estelar: hasta las arañas colgadas de la pared gritaban:
-¡Repámpanos! ¡Ha vuelto Howard, el pequeño granjero de la ciudad!

Howard no cabía en sí de gozo, tantos eran los recuerdos que pasaban por su milímetro cuadrado de masa cráneo-encefálica. Allí estaban todos sus colegas de tiempos inmemoriales. ¡Oh, sí! Estaba el Trucha, el Garri, el Demetrio, Eustaquio y Falopio, ampliamente conocido por sus juergas y su gusto exacerbado por el alcohol etílico. Fue campeón olímpico en levantamiento de botella en barra fija en Moscú. De ahí la célebre expresión "me he ligado las trompas de Falopio": todos recuerdan las moñas que se agarraba. Por último, por eso mucho más importante, se reencontró con su amor de la infancia, la Jessi, que volvía a la academia tras una fructífera carrera como aizkolari y harrijasotzaile, llamada por todos Manolo Sorpresas o Manolo el Meriendas.

lunes, 15 de diciembre de 2008

La ocurrrta vida de Howard, el pequeño pero matón campesino. 2º capítulo. Parte 1ª

Era una calurosa tarde de verano en la que el viento soplaba y movía esas maracas que Howard tenían en la mesa del porche. Aquellas que guardaba con tanto anhelo y cariño, como guarda un perro a su hijo perro; que tenían el sello de Antonio Machín Music (Máquina de hacer Antonios Musicales).

Howard, el pequeño campesino, comenzaba su dura jornada de recogida de cinrel en los campos de Cleveland Beach a las 4:00 PMI de la tarde.

Recuerdo aquella vez que se echó la siesta por haber comido la pesada fabada de su amada esposa Rigobert. Ese día Howard estuvo fustigándose con un látigo de cuarenta y cinco colas, cada una con cincuenta y una puntas, en cuyos extremos había adosados uno a uno por las dos caras de la fusta veinticinco pinchos. Desde entonces no volvió a dormir la siesta, ni la noche, ni nada durante 465 días. Tenía un fustigado insomnio. Cada noche intentaba planchar la oreja, pero no lo conseguía, dada la dificultad que entrañaba al estar colgado del techo del granero, a cinco metros del suelo. Tampoco pudo meterse en el sobre, ya que éste no soportaba ni siquiera el primer pie de Howard. Llegó a romper 378 sobres de correos con sellos de coleccionista y un pequeño sobrecillo de papel que su fiel Tobías le fabricó con el Libro de familia.

Un buen día, Howard, jarto de su laborioso trabajo y sus fustigues continuos, decidió dejar la cosecha del cinrel al pequeño Tobi y apuntarse a la vieja academia del pueblo, ya que a veces se sentía estúpido al no saber leer, escribir, pensar, oir... solo sabía fustigarse y recoger cinreles.
-¡Já! Sí, ese era Howard. ¡Siempre con sus cinreles!

Continuará...

domingo, 19 de octubre de 2008

Howard, el humilde campesino. 1er capítulo. Parte 2ª.

[Escrito por Sergio Galán, Jorge Bibián y el menda].

Lo más extraño de este apartado o relato es que el pequeño guardián, tras una larga convalecencia que duró tres meses, cinco días, ocho horas, dos minutos y veinte, veintiuno, veintidós segundos, sobrevivió, quedando ciego de los tres ojos, el culo taponado, sin dos de sus patas, una sola oreja y tres agujeros del tamaño de una hamburguesa con doble de queso y triple de gluten sin pepinillo ni agregado de cebolla alguno. Se podía ver a través de él, por lo que, desde entonces, en vez de Rufo, le pusieron el nombre de Traspa. Tobi nunca superó la tragedia del pequeño Rufo.
La triste historia del Traspa acaba cuando, un día jugando en el jardín, tras haber comido comida y haber jugado a sus juegos, y tras, tal vez, haber soñado con sus sueños, jugaba a morderse el rabo...
-¡Já! Sí, ése era Rufo. Siempre con sus juegos y comiendo rabo.
Como iba diciendo, jugaba a morderse el rabo como hacía habitualmente, solo que esta vez estaba a punto de conseguirlo.
Tras largas horas de persecución de nardo, Traspa se quedó en el sitio. Su cabeza sólo daba vueltas. Ésta había adquirido el tamaño de una maquina revelvelante de esas nuevas, con luces de colores. Recordó que aquel día había comido avutardas pardas con salsa de estolacas, que son pollas como estacas. Al perro pardo le empezaron a surgir unas convulsiones que desencadenaron en unos vómitos del tamaño del Océano Pacífico.
El pequeño Traspa murió ahogado con su propio océano vomitivo (aquí acaba la historia de Traspa- Zurraspa).

Continuará...

domingo, 5 de octubre de 2008

Howard, el humilde campesino. 1er capítulo. Parte 1ª.

[Escrito por Sergio Galán, Jorge Bibián y el menda].

Todo sucedió en un pequeño pueblo al sur de Oklahoma, donde los vientos corrían y los bisontes pastaban. Howard era un humilde campesino, vivía en una pequeña cabaña en medio del bosque de Yellowstone, hecha con cuatro palotes de madera del parque de Yellowstone y clavos de Wisconsin (California). Ahí vivía en compañía de su familia: su mujer Rigoberta (alias Rigo), el pequeño Tobías y su perro, llamado Rufo, por su parecido con el presidente. Entre Howard y su querida Rigober intentaban sacar adelante al pequeño Tobi, el cual nació con una malformación congénita por la cual en el brazo, en lugar de una mano, tenía un pie y en la pierna, en lugar de un pie, una mano. Todos sus amigos decían que era el rey del Twister. Por algún extraño motivo siempre ganaba. Lo peor de todo es que sus amigos eran unos monos amazónicos que habían ido a parar al parque de Yellostone tras estropearse su furgoneta por haber atropellado a Rufo.
El otro especimen de la casa era el guardián de la fortaleza. Su nombre era Rufo. Murió hace cosa de tres horas por un casual accidente: iba tan feliz por el suelo de la chabola cuando tropezó con el pie de Howard, el cual le confundió con otra cucaracha digievolucionada, en ese momento, por una casualidad desconocida, Howard empuñaba el mayor sable de todo Wisconsin (California). Aterrado por la presencia de la supuesta cucaracha de ocho metros de longitud, le atestó sesenta y nueve puñaladas y tres tiros de escopeta. Cuando el resto de la familia se enteró, el pequeño Tobías lloró desconsolado sin consolador alguno. No se explicaba cómo su padre había podido acribillar a su mejor amigo con ese machete tan enorme, que parecía el nardo de Rocco Sigfredi.


Continuará...